Mapa de coordenadas de las cicatrices adyacentes a La Zona Catastrófica. – Chá Lucena

20180416_211108__[Esta es la historia de cómo hoy he conocido al Niño D.]

 

 

 

Mapa de coordenadas de las cicatrices adyacentes a La Zona Catastrófica.

Punto A

En el Punto A hay un niño, hace un año, que va al logopeda. Ese niño tiene un nombre, pero lo llamaremos Niño A. Y, de momento, nos olvidamos de Niño A porque la acción pasa al presente por la capacidad combinatoria de la casualidad, y, con él, al Punto D.

 

Punto D

En el Punto D, yo estoy haciendo trazos enérgicos en una pizarra blanca para explicar la estructura de una cosa que escribí en el Punto A y cómo ésta se engarza con otras cosas que escribí en los Puntos B y C. En la mañana del Punto D, yo estaba, precisamente, intentando releer lo escrito en el Punto A pero, como ocurrió en el Punto B y C, no pude del todo. Así que solo pasé los ojos rápidamente por lo escrito en el Punto A, para rescatar la idea principal y saber cómo diablos voy a explicarlo en la tarde, en el Punto D.

Al Punto D voy todos los días, y es una especie de microcosmos donde caben todo tipo de personas. Cada persona va allí con un motivo, el suyo propio, que nadie más conoce y que, a veces, ni ellos mismos conocen, simplemente hay una fuerza centrípeta que les impulsa siempre a volver. Pero luego, hay un motivo general para diferentes grupos de personas. Uno de los motivos por los que las Personas A,B,C,D… van al Punto D es para escucharme hablar. Eso, obviamente, me halaga. Hay personas dispuestas a, de entre todas las cosas que podrían hacer en una tarde cualquiera, dedicarlas a ir al Punto D, a ver qué les tengo que decir. Y lo que les tengo que decir lo estoy trazando enérgicamente en una pizarra blanca, pero no más enérgicamente que la velocidad a la que, hace unas horas, pasé los ojos por lo que voy a explicarles: lo escrito en el Punto A y su relación con las cicatrices del Desastre.

 

Punto B

En el Punto B, el Niño A y todo lo que importa han dejado de existir. Ha ocurrido El Desastre en la Zona Catastrófica. El eje sísmico está en el origen del temblor, repartiendo cicatrices, regodeándose en cada uno de sus turnos de réplica. Yo estoy muerta, como consecuencia y ya no tiemblo, como resultado. Pero volvamos al Punto D.

 

Punto D

Ahora mismo estoy sola, esperando a las Personas A,B,C,D…, así que, cuando voy a hacer pis, no digo que voy a hacer pis en checo, que es lo último que he aprendido a decir. En el Punto D, por motivos variopintos, se hablan varios idiomas o, mejor dicho, todos a la vez.

Pero es que, en el Punto D, hacemos las cosas así.

 

Punto C

En el Punto C, yo sigo muerta, pero empiezo a ir al Punto D y mi motivo es relacionarme con personas que me hagan entender el Punto A y B, porque, en algún punto, (-a,-b,-c o no sé), esas personas guardan similitudes con algunas miradas que me observaron en el Punto A o en puntos inmediatamente anteriores.

Y mi modo de hacerlo, (tal vez no el mejor, pero con el que más puedo sentir la reanimación cardiopulmonar), es contarles cosas.

Cosas como las que les voy a contar hoy en el Punto D.

Cosas que, al parecer, les toca algo que necesita ser reanimado también.

Por eso hoy estoy en el Punto D.

 

Punto D.

Al girar hacia el baño de personal, me choco con el Niño A, que viene en estampida y me atropella.

Algo que no he dicho del Punto D es que hay un montón de niños y esos niños tienen alguna cosa que no funciona bien en ellos. Aunque para mí, que me parezco mucho a los niños que van al Punto D, esos niños simplemente vienen de otro planeta.

El mío.

Y el Niño A, como un fallo de Raccord, ha dado un salto cuántico desde el Punto A hasta el Punto D y me ha atropellado, y ahora estamos así, mirándonos, como se miran las cosas que no se esperan.

Como no se espera El Desastre.

Porque el Niño A y yo no nos esperamos el uno al otro.

Yo iba a hacer pis y él iba al logopeda.

 

Punto B

En el Punto B yo me muero y siento que no hay nada que pueda hacer para evitarlo.

Y, lo peor, lo estoy deseando.

Para que así pase, pase todo de una vez, sin puntos suspensivos.

Y sin atropellos.

 

Punto D

No sé si fruto del choque o del salto cuántico de dos personas que no se esperan, el Niño A ha dejado de gritar y de ir corriendo de un lado a otro y yo he dejado de tener ganas de hacer pis. Simplemente, nos quedamos mirándonos un rato, hasta que aparece El Padre del Niño A y me dice “hola” porque me conoce, y yo le digo “hola” porque también lo conozco; conocerse es, aunque a veces no lo parezca, casi siempre un intercambio recíproco. Pero a continuación todos aparentamos no conocernos o no recordarnos lo suficiente como para decir nada más. Lo importante aquí es que el Niño A está en el Punto D, donde estoy yo también, y trazamos una intersección, porque aquí sigue teniendo la costumbre de atropellarme y, después de eso, mirarme y sonreír.

Hay cosas que nunca cambian a pesar de la distancia más larga entre dos puntos.

O, tal vez, el Punto A y el Punto D no están tan lejos como yo creía y, lo que se suponía un acontecimiento movido por una fuerza centrífuga es, en realidad, un acontecimiento cuya gravedad la dicta una fuerza centrípeta, que no huye del origen, sino que siempre vuelve a él.

Es por eso que El Desastre choca contra mí, me mira y me sonríe. Y eso es una catástrofe.

 

Punto C

El primer martes de la segunda semana desde que empecé a trabajar en el Punto D, vi por última vez el Último Resquicio Real del Punto A, la Causa Central del temblor en el Punto de Origen de La Zona Catastrófica. En el Punto C, ella iba a subir por unas escaleras hasta la cuarta planta mientras yo recogía mi acreditación en el mostrador, así que trazamos una intersección y el eje de coordenadas puso un punto ahí, el Punto Final.

Hacía varios meses que no sabía ni del Niño A, ni de cualquier niño, sujeto, evento o lugar del Punto A.

Niño A forma parte de una cadena de ensamblaje que moldea la cicatriz por la que yo no puedo leer lo escrito en el Punto A. Digamos que, en el Punto A, pasaron acontecimientos que nadie espera que pasen, como el atropello del Niño A en el Punto D, y dejan cicatrices que nadie espera que, al tacto, perciban de nuevo la sensibilidad, porque han dejado una parte de ti, esa parte de ti, completamente muerta. Esas cicatrices caminan contigo y tú, ilusa, finges que no están porque no las ves y, por tanto, existen tan poco como yo en el Punto B. Pero es mentira. Una puta mentira porque una cicatriz es una cicatriz y, aunque crees que puedes pasar una lija por ahí y no la sentirás, lo malo es que las partes adyacentes sí que sienten, y sienten por sí y por todos sus compañeros. A lo bestia. Y eso no puede evitarse ni extirparse.

Supongo que por eso se me cortaron las ganas de hacer pis y por eso huyo con una fuerza centrífuga del Niño A y vuelvo centrípetamente hacia el Punto D, donde mi pizarra blanca llena de trazos me espera para continuar, mientras mi cabeza pasa por el Punto A, B, C y D sin previo aviso y de forma autónoma y aleatoria, A, C, D, B, D, A, C, A, D, B,  hasta que aparece, también fortuitamente o no, el Niño D.

 

Punto D

Cuando llego al Punto D, ya no estoy sola. Ha aparecido de la nada un niño, que llamaremos Niño D. El Niño D contempla mi pizarra y mi presencia no interrumpe su observación. Yo, que no esperaba al Niño D, como no esperé al Niño A, me quedo plantada allí, esperando a que ocurra algo, y que ese algo suceda sin que yo sea el motor de la acción. Entonces, pasado un tiempo indeterminado, el Niño D me mira, mira los trazos de mi pizarra, me vuelve a mirar, vuelve a mirar la pizarra, y yo me dejo observar, como si fuese un partido de tenis contra mi pizarra y el Niño D el árbitro que espera a que me decida a solicitar el ojo de halcón. Ahora me dice lo que reproduzco a continuación, junto a mis contestaciones:

  • Yo quiero tener el pelo de tu color.
  • Pero si ya lo tienes de mi color.
  • No, porque hay zonas donde tu color es otro. ¿Cómo se llama ese color?
  • Pues… color caca de delfín.
  • ¿Cómo te llamas tú?
  • Pues Chá.
  • PuesChá, quiero tener el pelo color caca de delfín.
  • Vale.
  • PuesChá, ¿Tú eres una niña?
  • No me llamo PuesChá, me llamo Chá, sin pues. Y no, no soy una niña.
  • Y, ¿Por qué?
  • Porque las personas crecemos y de repente somos otra cosa.
  • ¿Eras una niña en el punto 2-13?
  • ¿Qué punto es ese?
  • Este (me señala un punto de la pizarra donde ponía 2-13)
  • No, ahí no, pero en este punto de aquí sí que era una niña, en el 5-10.
  • ¿Y en este de aquí?
  • Ahí también.
  • ¿Y aquí?
  • No, en ese no.
  • PuesChá, si no eres una niña aquí, ¿Qué haces aquí?
  • Pues ahora voy a explicar todo esto que hay en la pizarra a unas personas.
  • ¿Son niños esas personas?
  • No.
  • PuesChá, ¿Eres profe?
  • Sí, más o menos.
  • Jajajajaja.
  • ¿Qué te hace tanta gracia?
  • ¡Pues que no tienes cara de profe!
  • ¿Ah, no? Pues que sepas que tú no tienes cara de niño, tienes cara de caca de delfín.
  • Jajajajaja.
  • Jajajajaja.
  • PuesChá, ¿Por qué eres profe de personas, si los profes son profes de niños?
  • Pero es que yo solo vengo a contarle a unas personas lo que pone en esa pizarra.
  • PuesChá…
  • ¿Me vas a llamar PuesChá?
  • Sí, porque yo me llamo XXXX.
  • Ah, encantada XXXX.
  • Y, ¿Por qué?
  • Y, ¿por qué qué Niño D?
  • ¿Porque no eres mi profe?
  • Ah, pues porque tú tienes otra profe.
  • ¿Y no me puedo cambiar?
  • No, porque esa profe te enseña unas cosas que son muy importantes para ti, y yo enseño esto de la pizarra. ¿Es que no te gusta tu profe?
  • Sí, me gusta, bueno, a veces me aburro de pronunciar, pero aunque al principio no quiero venir luego ya sí. Pero me gusta lo que hay en tu pizarra y tú también. ¿Es importante lo que pone en tu pizarra?
  • Lo fue, Niño D.
  • Y, ¿Por qué ya no lo es?
  • Bueno, vale, sí que lo es, solo que es complicado de entender.
  • ¿Y lo que has puesto en esa pizarra es importante para mí?
  • ¿Tú que crees?
  • Que sí.
  • Pero, ¿lo entiendes?
  • No.
  • ¿Entonces?
  • Pero parece muy importante.
  • Lo es. Pero solo para mí, las personas a las que se lo voy a explicar no lo saben.
  • Entonces, ¿Para qué?
  • Pues es que quieren saber cómo hago yo una cosa.
  • ¿Qué cosa?
  • ¿Has venido solo, PuesNiñoD?
  • No, porque vivo en un pueblo que se llama XXXXX. Y entonces viene mi madre, pero está hablando por teléfono y me ha dicho que no lo puedo escuchar.
  • ¿Y por eso te has colado aquí?
  • Pues sí.
  • Pues vaya contigo, Niño D.
  • Vaya conmigo, PuesChá.
  • PuesNiñoD, ¿Niño A es tu amigo?
  • PuesChá. ¿Quieres ser mi profe?
  • ¿A qué hora tienes clase en el Punto D? ¿Niño A también tiene clase ahí?
  • A y media. Niño A tiene clase ahí pero no conmigo y antes.
  • Pues hasta que empiece tu clase haremos algo mejor.
  • ¿El qué, PuesChá?
  • Vamos a buscar juguetes.

 

Niño D y yo nos ponemos a buscar juguetes, y su madre aparece pidiendo perdón. Niño D le explica que me llamo PuesChá y que soy su nueva profe, y que estamos buscando juguetes. La madre de Niño D me mira y mira mi pizarra y me vuelve a mirar, pero sin llegar a iniciar un partido de tenis. Después, intentando no sorprenderme, me dice:

  • No le gustan los juguetes. En casa no tenemos ningún juguete porque no le gustan.

Y me susurra que Niño D tiene XXXXXXXX.

Niño D dice que esos juguetes no se los quiere llevar, porque no los va a usar. Pero que se llevará uno para acordarse de mí, porque soy su amiga. Y me abraza repetidas veces. Yo me emociono. Los niños que tienen XXXXXXXX no abrazan así como así, y necesitan, por lo general, mucho tiempo para sentir vínculos con alguien. Su madre me lo dice. Y yo le digo que lo sé y que me siento completamente superada por algo tan hermoso.

Niño D ya no me suelta. No quiere irse y entonces le prometo que, al salir de su clase, le daré una cosa. Niño D dice:

  • ¿Cuándo?
  • Pues ahora, cuando salgas de clase.
  • ¿Es ya? ¿Es Ahora?
  • No, es cuando salgas de clase, Niño D.
  • ¿Cuanto falta para “ahora”?
  • No es “ahora” del todo. Me he explicado mal. Es luego, cuando salgas. Yo te esperaré y te lo daré. Te lo prometo.
  • ¿Me lo prometes?
  • Sí. ¿Es importante para ti?
  • Sí. ¿Es ya “ahora”?
  • No. Pero si es importante para ti, tú mandarás cuando sea “ahora”.
  • Pues tú mandas y yo mando.
  • Vale, Niño D. Pero todavía no ha llegado “ahora”.

 

Y, aunque a la hora en la que el Niño D sale del logopeda yo ya he explicado el contenido de mi pizarra y no debería estar en el punto D, lo espero.

Porque Niño D es el Punto de Origen de algo y ejerce una fuerza centrípeta sobre mí.

 

*

 

Antes de esperar al Niño D e inaugurar con él un “Ahora”, hicimos un pacto. Como no quería irse, le expliqué que le iba a hacer una acreditación, un pase especial con su nombre, y que, con ese pase, siempre siempre siempre que viniese podría estar donde yo estuviera, y dar clase, y jugar, o no jugar si no le gustan los juguetes, o hacer lo que quisiera, porque iba a ser mi secretario e iba a trabajar conmigo. Solo entonces le pareció súper genial ir a su sesión con la logopeda, y se fue saltando, y se volvió dos veces para darme abrazos y besos y sonreírme.

Cuando XXXX, su logopeda, cerró la puerta, yo me derrumbé. Me puse a llorar, porque era demasiado. Me desbordaba haber visto al Niño A, haber explicado lo que he escrito en el Punto A y B y C y también me desbordaba haber conocido al Niño D. Su madre me consoló y me explicó cosas del Niño D. Cosas por las que sé que Niño D estará siempre en mi corazón, como el Niño A. Cosas que hacen de él un ser puro y casi inexplicable, con capacidad para llenarlo todo y transformarlo en un filtro desde el que respirar aire limpio y sin viciar y con más sentido que todo lo que existe.

 

*

 

Al salir del logopeda, Niño D se ha lanzado hacia mí. Ahora ya es “ahora”. Le he puesto su acreditación, como si fuese una medalla o como si lo estuviese nombrando caballero de alguna orden templaria. Después, le he enseñado una que me había hecho para mí y Niño D me la ha puesto, imitando lo que yo había hecho con él. Me ha dicho que vendría a trabajar conmigo, porque ahora que ya es “ahora” es mi secretario. Y yo le he dicho el montón de cosas que tendríamos que hacer, y que nos veremos el próximo día en el Punto D.

 

  • Claro, ahora te vas a tu casa, porque tienes que descansar, PuesChá.

 

Niño D me ha hecho un montón de preguntas, que se amontonaban unas contra otras casi sin darme tiempo a responder. Y me ha abrazado por última vez, durante un rato muy largo. Niño D abraza de una manera muy especial y es como asomarse a un acantilado y ver chocar las olas. Mientras me abraza, Niño D me dice:

  • Te quiero PuesChá. Soy feliz.
  • Y yo también te quiero Niño D. Y también soy muy muy feliz.

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Esto podría ser ficción, pero no lo es.

Me alegra tanto que no lo sea que lloro y escribo, solo puedo llorar y escribir. Acabo de llegar a casa y aún estoy sobrecogida. Y escribo esto porque creo que es importante informar de que, en medio de tanta inmundicia y cabezas podridas, existe el Niño D. Y lo único que me jode es desconocer si puedo transmitir sin quedarme corta el poder que Niño D tiene para hacer sentir de nuevo las partes muertas de cada una de mis cicatrices. Y no quiero que nada tenga el poder de hacerme temblar, porque aún siento que El Temblor es la antesala del Desastre. Pero el Niño D tiene eso que hace que crea en él y que el tiempo a su lado sea de otro planeta donde los puntos son seguidos y estremecen y yo tengo el pelo color caca de delfín.

*

Los puntos, entes fundamentales, son conceptos primarios, por lo que solo es posible describirlos en relación con otros elementos similares. Describen una posición en el espacio generado en un sistema de coordenadas. El punto donde se cruzan es el origen y el origen del punto A, B, C y D es el mismo donde empieza y termina mi relato “15 a 0” y donde se condensa el centro de la supernova de “Las corrientes circulares”. Un seísmo tiene un punto de origen, y luego puntos de réplica, donde el temblor se repite. Cuando algo me sobrecoge, tiemblo y no puedo evitarlo, como si tuviera instalado el epicentro de un seísmo en mi caja torácica. En el epicentro de mi caja torácica también está el recuerdo de la persona que más me hizo temblar, pero en el epicentro del epicentro hay un punto ciego, una gran cicatriz. Las partes adyacentes a esa cicatriz saben que los tres personajes de “15 a 0” tienen una cicatriz en un punto determinado de su eje de coordenadas, aquí, aquí y aquí -lo señalo. En el centro de esa cicatriz no puede sentirse nada, pero las zonas adyacentes duelen y mucho, en un plano físico y metafísico.

El espacio que crea la historia cruza dos líneas, (x) va de 0 a 15 y (y) va de 15 a 0. Hay un momento en el que se cruzan. Después, 0 va a n. Hay parábolas creando infinitos, esos infinitos se estrechan, como un embudo, por la fuerza ejercida por la gravedad del acontecimiento, hasta formar una paraboloide hiperbólica. Esta de aquí.

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Una supernova condensa en su epicentro una fuerza infinita. Esa fuerza se va disipando conforme se aleja del centro, a través de una fuerza centrífuga. En las zonas adyacentes quedan los residuos, podríamos decir los recuerdos, que van perdiendo intensidad. La mayor emisión de luz de la supernova se produce con su muerte. Su luz, esa luz de la muerte, nos llega tarde, porque estamos lejos. Es la misma luz que producen las células al morir. Por este proceso, las supernovas y las células pueden describirse en relación a elementos similares, porque son entes fundamentales, como los puntos.

 

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En el centro de la mitocondria se guardan los recuerdos, que se disipan conforme nos alejamos. Es el proceso del olvido. El mapa molecular de Bohr explica los niveles de separación del centro. Aquí está n=1, aquí n=2, y aquí n=3, y así. El mapa molecular de Bohr explica las células y puede explicar también la supernova. Y todo ello puede explicar algo que para mí es inexplicable: los sucesos que ocurrieron en el Punto A y por los que he escrito lo que he escrito. ¿Alguna duda?

-Sí, Chá.

Bien pues, hacemos un descanso. Tengo que hacer una acreditación para un niño, ahora os cuento por qué. Y a la vuelta resolvemos las dudas, Persona B.

 

 

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Los músculos que rodean los meniscos. (Parte III) – Chá Lucena

20180416_211108__[En el libro que conmemora los diez años (que son once) de La Espiral, escribí lo que la editorial había significado para mí. Esta es la tercera parte de la versión extendida.]

 

Los músculos que rodean los meniscos.

3

Era la mañana siguiente del día ese del año ese, y eso significaba que iba a recibir un premio que suponía la venganza mayor de un libro de poemas contra su escritora. Mi reconocimiento no llegaba de la mano de escritos de los que estaba muy orgullosa, sino de unos poemas de principiante, relegados en un cajón, el primer cajón, que fueron catalogados para mi sorpresa como “renovadores de las tendencias actuales” y como “sinuosos y directos al centro de la prosodia de las nuevas voces”. Pero qué me estáis contando. Dónde veis todo eso. Dónde está la prosodia. Qué mierda estoy renovando, si solo me estoy lamentando. Me parecía todo de chiste pero, de camino a mi entrega de premios, en lo que estuve pensando en realidad fue en los monstruos de la ropa.

Una mañana de domingo, cuando tenía cuatro años, me desperté y, al salir al salón, me encontré a mi familia reunida en una especie de asamblea general a la que yo, al parecer, no había sido invitada. Estaban debatiendo qué podían hacer con el tema de mis pesadillas y mis monstruos. Cuando me vieron aparecer, guardaron silencio y me miraron como se mira a un cervatillo recién atropellado por ir demasiado deprisa en una carretera comarcal.

Mi hermana, que suele tener ideas de bombero pero eficaces, se levantó a hacerme un Nesquik, y luego, fue al cuarto y volvió con un lápiz y un folio que dobló por la mitad. Dibujó en él rectángulos de dimensiones irregulares y, encima de cada uno de ellos, trazó algo que (según nos explicó después) eran pergaminos (y no aves aplastadas contra un cristal, que era a lo que verdaderamente se parecían). A continuación, escribió en la esquina de cada pliegue los números uno, dos, tres, y cuatro. Cuando mi hermano la empezaba a mirar como si fuese verde y yo estaba apurando los restos del Nesquik con la cuchara, sin prestar demasiada atención al momento bombero de mi hermana, ella puso en grande en el pliegue número uno:

“Los monstruos de la ropa”.

 

 

 

 

Los monstruos de la ropa. Versión 2012. 

 

– Cuéntalo aquí, la pesadilla de hoy. – me dijo.

– ¿Por qué?

– Porque aquí ya no será más una pesadilla. Ahora será un cuento.

 

Y yo, tan esperanzada como descreída, dibujé y escribí mi pesadilla en esa mañana, mientras mi madre cambiaba de lugar los sillones varias veces, mi padre se iba y volvía con un montón de espárragos y mis hermanos hacían cosas propias de adolescentes, diversificados cada cual en su especificidad. Coloreé con lápices Alpino a medio morder las viñetas y, cuando me di por satisfecha, le enseñé el resultado a mi hermana. Ella, el lunes siguiente, aprovechando que le tocaba guardia en el recreo, asaltó a mi profesora y se lo enseñó, mientras yo, ajena a todo, jugaba con Carolina y Raquel y con un xilófono de colores.

Estaba en un curso adelantado porque era una de esas llamadas posteriormente alumnas de altas capacidades. Esto suponía que, casi todo lo que hacía, era examinado por un par de profesoras como si lo que tuvieran entre manos fuese una probeta y no una niña sin ínfulas de tocar en la filarmónica de Viena, ni siquiera una pieza que contemplase la aparición de un xilófono de colores. A los padres de mis amiguitos les parecía muy raro y muy poco correspondiente con mi edad mi modo de comportarme, y lo comentaban en la puerta del colegio mientras esperaban el sonido de la sirena que anunciaba el fin de las clases y el momento en el que sus hijos saldrían en estampida. Con una mezcla de asombro y advertencia, se me presuponía un virtuosismo magistral en todo lo que hiciese, algo que, me temo, estaba bastante lejos de ser cierto. Cuando en tercero llevé mis deberes de geometría al colegio, con un cilindro aplastado y un cono manchado de flan, mi tutora los recibió como si supusiesen el final de toda era conocida. Años después, mi madre me confesó que tenía miedo de que esa “forma de ser” me hiciera sufrir demasiado, porque era algo que había hecho sufrir mucho a mis hermanos (también un poco más listos de la cuenta) y que, por ello, hubo un esfuerzo general en mi entorno por ocultarme que no era del todo como los demás niños. Solo entonces, cuando mi madre me confesó el gran secreto y yo tenía veinte años, encontré una mínima explicación a varios asuntos que me habían atormentado a lo largo de toda mi existencia.

Otras cosas que pasaban también cuando tenía cuatro años es que me gustaban mucho los dados, porque a mi padre le gustaban mucho los dados y todo lo que le gustara a mi admirado padre me gustaba en consecuencia a mí. Y tenía cuatro años también cuando, por casualidades del azar o no, Carlo Frabetti me dijo que tenía que ser escritora porque yo era como un seis doble. Mi padre se pasó toda esa tarde tirando mis dados y haciéndome anotar las veces que salía un seis doble. Entonces entendí qué quiso decir Carlo Frabetti, qué estaba pretendiendo mi padre con el asunto interminable de los dados y, desde ese momento, casi nunca dejé de escribir. Mi hermano se fabricó una encuadernadora y, enfervorizado como estaba con su invento, me hizo montones de libros en blanco, para que yo los rellenase. Se convirtió, sin darse mucha cuenta, en mi primer editor. Aún conservo alguno de esos libros y aún recuerdo con mi hermano de vez en cuando esos días frente a la encuadernadora. En cualquier caso, cuando la encuadernadora de mi hermano petó por un uso más allá de lo indebido, y tras asimilar que él estaba enzarzado en la creación de un secador con las piezas de una lavadora (que desembocó en un accidente doméstico por el que casi salimos todos ardiendo), mi madre me empezó a comprar libretas, y en libretas escribo, desde entonces y hasta ahora. Cualquiera que haya ido a mi casa, además de divisar la nota de despedida para alguien que ahora ya es historia o el dibujo de un Román que por entonces andaba fascinado con los robots, habrá visto las estanterías repletas de libretas. No conservo todas, más quisiera, y me contentaría con conservar la primera, pero lo importante es que, repartidas entre aquella casa familiar, donde hacía cuentos sobre los monstruos de la ropa y mi casa actual, donde escribo cuentos sobre los monstruos de la vida adulta, guardo un número indeterminado de libretas, de las cuales, como mucho, he vuelto a leer tres o cuatro. Admiro a la gente que escribe libretas y las tiene correctamente clasificadas, como los coleccionistas de cómics o de sellos o los psicópatas que guardan muestras de sus víctimas en el congelador, porque mis libretas están más bien dejadas de la mano de Dios y no tienen, por lo general, una caligrafía portentosa. Solo escritura desatada y, en momentos como éste en los que quiero encontrar determinada cosa de determinada libreta, para hacerle una foto y ponerla aquí, me las veo y me las deseo.

 

 

 

 

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“JAMÁS
AUNQUE BIEN LANZADOS EN CIRCUNSTANCIAS
ETERNAS
DESDE EL FONDO DE UN NAUFRAGIO

ABOLIRÁ”

 

El año pasado, me propuse poner un numerito en la portada cada vez que empezase una libreta, para saber cuántas rellenaba durante el año. Fueron cincuenta y seis, eso hace una media de más de una a la semana. No tengo casi ninguna especialmente cara, mis favoritas van variando: Zap Book, Moleskine, Tiger, Muji, Guerrero,… aunque las que escribo con más cariño son aquellas que alguien me ha regalado porque la vio en no sé dónde y se acordó de que yo tenía una relación preocupantemente obsesiva con las libretas y me la compró. Además, siempre que viajo, suelo comprar algunas, que uso a la vuelta, como las tres que compré en aquel viaje la mañana siguiente del día siguiente del año ese, que me hicieron llegar tarde a mi encuentro con mi entrega de premios.

 

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“ERA
De estirpe estelar
Sería
Peor
No
Más ni menos
Indiferentemente pero tanto
EL NÚMERO
EXISTIERA
De otro modo como alucinación dispersa de agonía
COMENZARA Y CESARA
Brotando aunque negado y cesado cuando aparecido
Al fin
Por alguna profusión vertida en la rareza
SE CIFRARA
Evidencia de la suma por poco que una
ILUMINARA
EL AZAR”

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“Una tirada de dados jamás abolirá el azar.”

 

Años, muchos años después del asunto de los dados y del seis doble, leí por primera vez a Mallarmé, que también tenía sus libretas y en ellas decía que una tirada de dados jamás abolirá el azar, y me pregunté si mis pesadillas con los monstruos de la ropa, esas que desaparecieron al décimo cuento, mi encuentro con Carlo Frabetti, la encuadernadora de mi hermano y mi cilindro aplastado para la clase de geometría, entre otras muchas experiencias vitales de mayor o menor tintes de fatalidad, estaban conspiranoicamente aboliendo el azar o si, por el contrario, formaban parte de una tirada de dados como cualquiera de las de aquella tarde en las que anoté junto a mi padre todas las veces que aparecía un seis doble, que eran muchas, pero no tantas, lo que otorgaba a su aparición una sutil dosis de excepcionalidad que a mí, Carlo Frabetti, también me supuso. A día de hoy, y, aunque he estado tentada a preguntárselo muchas veces, no sé si Carlo era un visionario o si se dejó llevar por la tierna imagen de una niña enseñándole unos dados y un cuento llamado “Los monstruos de la ropa”.

Después de comprar libretas (tres pequeñas, de pasaporte, de Muji, color rojo granate), volví al metro. En cuatro paradas más llegaría a mi destino final.

Ese que, indudablemente, iba a suponer el final de todo universo conocido.

Como mi cilindro aplastado y mi cono lleno de flan, que supusieron mi primer suspenso en matemáticas un miércoles, en tercero de E.G.B., y un gran disgusto para mi profesora, pero que pasó sin pena ni gloria por mi familia, que nunca me presionó para que fuera una chica excelente, sino una chica feliz, aunque a veces no encontraran el modo. Algo que, de todas formas, no pudo evitar que mi padre soltara alguna que otra lagrimilla ante mi cilindro aplastado y que, de un modo misterioso, en mi casa nunca más volviera a verse un flan.

*

(continuará…)

Parte I

Parte II

 

 

Los músculos que rodean los meniscos. (Parte II) – Chá Lucena

20180416_211108__[En el libro que conmemora los diez años (que son once) de La Espiral, escribí lo que la editorial había significado para mí. Esta es la segunda parte de la versión extendida.]

 

Los músculos que rodean los meniscos.

2

El primer cajón guardaba la intrahistoria clandestina que una chincheta naranja exhibe a todo aquel que detiene su mirada en el corcho que hay al lado de mi mesa. Es la literatura de la distancia, de corazones convertidos en piedra, de los paseos en silencio que no son paseos sino un descenso a Segunda División. Momentos antes de bajar del tren, esa intrahistoria impresa me hervía entre las manos y había conseguido finalmente incomodarme lo suficiente como para hacerme desear con mucha intensidad que volviera a su cajón cuanto antes. Pero, antes de eso, tenían que pasar algunas cosas.

Llegué a Madrid. Elsa me esperaba en la puerta de la estación. Me dio un abrazo y las llaves de su casa y corrió para no perder el cercanías que la llevaría al pueblo donde trabajaba de cocinera. Cuando perdí de vista la silueta de Elsa, me lamenté un poco. Algo de mi seguridad se iba con ella.

Era tarde pero no tan tarde y, como no sabía qué hacer, me decidí a pasear sin rumbo por el centro, mirando las caras de las personas para las que yo era una mancha más en el paisaje. No tardé mucho en arrepentirme de no haber ido primero a dejar la maleta. Al cabo de una hora, lo que en principio se disfrazaba de una leve fragilidad que no iba más allá del peso de la maleta, se estaba convirtiendo en un sentimiento que no recuerdo haber experimentado tan nítidamente antes. Empecé a sentirme aterrorizada, de un modo que solo se aproximaba a lo que sentía cuando, de pequeña, abría los ojos en medio de la noche, y la ropa formaba siluetas que les daba aspecto de monstruos, y yo salía de un brinco para encender la luz, despertando a todos mis hermanos, que me consolaban, entre palabras inconexas pero amables y proto-ronquidos. La de Madrid y mis noches de pequeña junto a los monstruos de la ropa compartían una emoción primordial, muy profunda, latente en mi cerebro reptiliano. Años después, describí ese sentimiento de angustia y agobio infinitos caminando por Madrid y su posterior evolución en las palabras de uno de mis personajes de la historia de “Bajo consumo”. Por ejemplo, en estos extractos:

“Giramos otra vez a la derecha, apartando bolsas, niños con zambomba y mandíbulas que gritan unas a otras que hasta qué hora tienen parking. El confeti, los petardos, terribles, desorientando a autistas y a perros, dejando a niños sin ojo izquierdo o sin dedos y a dueños buscando a sus mascotas por el chip identificativo, individual, fiable y permanente. Mutilados, extraviados. (…) Hay besos, abrazos, muestras de cariño, y referencias a la pesadez de las bolsas que también serán pesadas de-vuelta-del-Mercadona y muriendo serán pesadas cargadas de basura y restos de comida y restos de excrementos de animales y carcasas partidas Made in China.

Para.

Hay algo de nostálgico y autodestructivo en una época que no hemos vivido completamente. Hay algo de trágico en recuerdos de momentos que, a veces, dudo de si han pasado, ¿Entiendes? Dudo de si han pasado y llevo días sin salir y sin dormir y justo hoy tenemos que encontrarnos porque hay algo que nos hace siempre pensar que un cambio para mejor es posible. Sonido de petardos y yo me ahogo. Siento que es el fin del mundo y que la paz se pone debajo de la lengua y funciona lenta en el cielo de la boca; siento que el corazón se para porque es tarde y no parecen enterarse de nada, y no pareces enterarte de nada. Es un acto analógico, como nuestra vida de antes, como nuestro entonces, en 2006, sonando casi como una enfermedad: “Lo siento. Es usted analógico. Mis pesares”, como una epidemia mal sofocada, como restos de un incendio, la lepra. MySpace. ¿MySpace? Sí, se llamaba MySpace esa página de compartir música y cargaba lento, porque la vida pasaba lenta y ya ves tú, no importaba. Pero pasaba, no se miraba a través de catalejos. La vida antes se vivía. En este momento, la vida carga lenta, pasa lenta y funciona lenta debajo de la lengua. Está hecha de momentos, de experiencias vividas y lugares comunes; este momento detiene esto, esto que ocurre desde lo otro, después de lo otro. Y lo otro era la vida. La Vida Total. Cuando estábamos en ella, y ella en la punta de la lengua y no debajo y yo no tenía ataques de pánico cada vez que te veía ni me comía la ansiedad ni nos unía el sadismo, la burla sutil y la vergüenza. Este ardor entre los ciudadanos y las luces, de bajo consumo y el frío, en el cuello, en los recuerdos, en los ojos dedicados al catalejo.

Doble-check. Sensación amarga y pastosa, como de mantecado, debajo de la lengua. Restos de color rosa, alivio temporal. La vida lenta. Infinitésimas fracciones de segundo repartidas en miradas que comprueban que nadie se me abalanza. La gente nos arrastra. Somos tres mil pero parecemos todos. El consumismo debajo de la lengua. Actualizar estado mental.

Para.”

Mi recién estrenada emoción reptiliana me había situado en una realidad paralela abominable, donde las siluetas no cobraban forma de monstruos, pero me hacían sentir como si lo fuesen. Ahí permanecí hasta que un perro me ladró y me sacó de mis fisuras ficcionales. Era un perro diminuto que se hizo el valiente porque olió mi miedo.

Eso mismo debería hacer yo, pensé. Hacerme la valiente.

Tenía una noche por delante para concienciarme de ello.

Cogí un metro que me dejó a tres minutos de la casa de Elsa. Caminé hasta ella, aceptando con un poco de resignación ser una mancha más en el paisaje. Al salir del ascensor y encajar la llave en la cerradura, sentí un poder abrumador, una sensación inmediata de que, al cerrar la puerta de la casa de Elsa, cerraba también una caja de Pandora.

Estaba a salvo de los monstruos encubiertos y de los perros detectores del terror. Ese alivio me hizo desear no tener que salir jamás de allí, un pensamiento que casi me aterrorizó más que el propio terror. De repente y sin motivo, algo me estaba pasando, algo se gestaba y me anunciaba que iba a darlo a luz.

Pero no sabía qué era. Ni cuando pasaría. Sólo percibía que algo no iba a funcionar.

Elsa me había dejado la cena preparada: Sushi (sabe que me encanta y además lo prepara muy bien), y una nota:

 

chark

 

Me comí dos piezas, una de salmón y otra de atún, y me fui a no dormir a su cama, preguntándome por aquel terror que me esperaba al otro lado de la puerta y que pesaba más que la maleta, que el olvido y que la incertidumbre.

Al día siguiente me iban a dar un premio y eso iba a cambiar mi vida para siempre.

Pero tal vez no en el sentido que yo creía.

*

(continuará…)

Parte I

Parte III

 

 

Los músculos que rodean los meniscos. (Parte I) – Chá Lucena

20180416_211108__[En el libro que conmemora los diez años (que son once) de La Espiral, escribí lo que la editorial había significado para mí. Esta es la primera parte de la versión extendida.]

 

Los músculos que rodean los meniscos.

1

En el día ese del año ese yo estaba en Madrid porque me habían dado un premio de poesía, y me disponía a ser relativamente reconocida, aclamada y, probablemente, criticada y abucheada por mi pequeño club de haters. Quizá manteada por los que me querían. Quizá nada de lo anterior. Cuando me lo dijeron me pilló fría: me llamaron precisamente cuando escribía una ridícula nota de despedida lamentándome por los no-ha-podido-ser, dispuesta a meterla en el buzón de alguien que ahora es historia. Me cortó el melodrama y me quedé fría, sí.

Guardé la nota en el abrigo de la parka y volví a casa. Tenía que salir hacia Madrid en tres horas. Hoy, muchos años después, la tengo pegada con una chincheta naranja en el corcho que hay al lado de la mesa. Su destinataria la leyó un día que vino a tomar café a mi casa, pero nunca supo que iba dirigida a ella, o de eso quiero convencerme.

En el corcho que hay al lado de la mesa.

Creo. Voy a mirar.

Sí, ahí está, haciendo historia también, junto a una postal que me envió Jacek desde Hong Kong, una entrada de cine (Inception, sesión de las diez, fila doce, asiento ocho) y un dibujo de Román.

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El dibujo que me regaló Román cuando tenía cinco años.

Cogí ropa para un par de días (luego me di cuenta de que me había olvidado de coger nada que pudiese hacer las funciones propias de un calcetín), bolsa de aseo, un libro que tenía a medio leer (y que nunca, nunca, me acabé) y, no sé por qué, la postal de Jacek. En su lugar dejé mi nota de despedida. Por último, ya en la puerta, me giré, volví al salón y abrí con resignación el segundo, el tercero y, finalmente, el primer cajón del escritorio. Y ahí estaba, el libro ganador, resurgiendo del olvido, jactándose de nuestro reencuentro. De verdad que ni recordaba ya ese poemario. Lo releí después, durante el viaje, quizá a modo de penitencia, quizá para tenerlo fresco y poder salir airosa de las preguntas que me hicieran sobre él. Me siguió pareciendo la peor mierda que había escrito jamás, una mierda que se vengaba ahora de mí y de mi juicio atroz, rescatado de su cajón, resurgido sí, a la espera triunfante de verme interrogada sobre él mientras es vitoreado al día siguiente.

Cada poema se me clavaba como se clavan ya no los recuerdos, pero sí como lo hacen los momentos que han pasado del dolor al hastío, de horas de composición, epifanía, catarsis o no sé cómo calificarlo; de vueltas y más vueltas hasta encontrar la palabra exacta que podía indicar con precisión qué me habían mutilado, quién y cómo, dejando sin resolver el porqué. Un proceso que algunos llaman creativo y que para mí se parece más bien a una misteriosa necesidad de compartir con unos poemas sin lector la idea de que mi fracaso era menor a través de nuestro fracaso conjunto: el literario.

Escribir es, a veces, un consuelo de tontos.

*

(continuará…)

 

Parte II

Parte III

Tao Te King (lo que sé del barro) Maria Guilera

Aquest text de la Maria Guilera es va quedar perdut en una carpeta del correu i no va arribar a ser publicat al “Deu que són onze”.

Aquí el teniu, s’ho val.

5. lo que se del barro PORTDILLA

Imatge: Manuel Morales

TAO TE KING

Maria Guilera 

Treinta radios se unen en el centro;
Gracias al agujero podemos usar la rueda.
El barro se modela en forma de vasija;
Gracias al hueco puede usarse la copa.
Se levantan muros en toda la tierra;
Gracias a las puertas se puede usar la casa.
Así pues, la riqueza proviene de lo que existe,
Pero lo valioso proviene de lo que no existe. 

A la Maria li agradava un noi callat, amb una grenya que li queia damunt l’ull dret i que s’asseia a la fila del davant seu, en diagonal. No podia veure-li la cara, només el cabell, que es balancejava al compàs de l’escriptura. El noi prenia apunts sense parar.
A mig matí sortien tots al pati de l’institut. La Maria anava amb unes noies que parlaven sempre de pel·lícules i en sabien molt de directors, d’actors, de fotògrafs. Ella no deia res, era allà dreta mentre buscava el noi tot passejant la mirada pels racons. Un cop el va veure prop de la font, amb dos amics que en certa manera se li assemblaven. Anaven vestits amb jerseis estireganyats i pantalons de pana i també duien els cabells llargs.
Va caminar fins on eren. No havia pensat res i quan, malgrat que no fumava, els va demanar foc, li tremolaven una mica les cames.
–No en tenim –li va dir un dels companys del noi de la grenya.
Ella es va quedar allà, al seu costat, i no va afegir res més.
–Escolteu aquest –va dir el noi que li agradava a la Maria mentre obria un llibre petit, de tapes toves.
Ella es va esforçar per llegir el nom estrany escrit a la coberta. Era una mica miop. Tao Te King, li va semblar que hi deia.
El noi tenia una veu greu, llegia en veu baixa i pausada, com si les paraules fossin seves i les sabés de cor.
Aquell dia al vespre, mentre la seva germana escoltava el disc de l’Otis Reding,  ella, estirada al llit, imaginava allò que havia intentat comprendre al pati. El buit era l’important. No els radis, sinó l’aire que podia córrer entre ells i fer girar la roda. No la porta, sinó l’espai que permetia entrar quan l’obrien. No la gerra que treballava el terrissaire, sinó el volum interior i intangible que podia ser omplert.
La Maria es repetia aquelles paraules en les que ja creia absolutament tot i no desxifrar-ne el sentit absolut. Quan el disc es va aturar i van apagar el llum, estava a un pas de caure en el no-res.

Quinze anys després, el noi de la grenya ha perdut molt de cabell. Passa vuit hores al dia al seu despatx en una multinacional, sector d’electrodomèstics, i, de tant en tant, recorda allò que ha acabat anomenant la seva època mística amb un gest de benevolència.
Després de una llarga temporada, la Maria ha tornat de la regió de Jilin Sheng amb la petita Chen-Hui. Treballa a Tao, el seu taller de terrissa i, mentre amb els dits perfila les vores de gerres, testos i àmfores, s’endinsa pausadament en la recerca de l’Ordre Natural de les coses i el seu cor s’apropa amb passes diminutes a l’abstracció, la intangibilitat, l’essència de tot el que existeix.

 

 

ElMudo

Hoy por primera vez noté

que siento amor por todo lo que dejo.

de Suicidio negado

(Aquí iban dos audios que no se dejan poner, así que inentaré colgarlos después en el fbk)

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Fermín, querido Fermín.

Te echo en falta, te echamos en falta y esto no es una corona, no es un adiós, es un aquí seguimos con los recuerdos de los pocos días que hemos podido compartir contigo, tan llenos de risas, de charla, de pelea, de conversación, de cosas buenas, con tus poemas y tu libro, Canto Rodado , con el eco de tus palabras, con el dolor de saber que no estás para darnos escobazos con tu valentía, con tu ternura vestida de aspereza, con tus silencios cargados de sentido…

Te echamos en falta ya, cada día hay un instante para recordar, para sentirnos asaltados por el dolor, por uno de esos recuerdos, por el dolor de nuevo…

Este post crecerá según pasen los días según pueda explicar mejor, podamos. De momento colgaremos en el fbk, ese patio de casa donde nos encontramos, lo que VirtoLba ha leído desde las tripas, tu Suicidio negado, esa hermosura de poema, y otro que ha escrito para ti.

Dejo aquí una reseña escrita a cuatro manos de tu Canto rodado, y seguimos en la trinchera, amigo mío querido.

https://espiralliteraria.wordpress.com/2014/08/04/canto-rodado-hablando-de/#comment

Hasta el próxmo instante, hsta el próximo recuerdo.

Nati

RECORDANDO TEMAS Y MÁS

mud_lotusEl primero, que ya está dicho, para la colecció “Fonamentals”LO QUE SÉ DEL BARRO

girando alrededor del tiempo, la creación, la memoria…

El segundo, para “I què, si la iaia fuma?”, despues de un ajustado  rifirafe: HASTA QUE LA PLAYA DIJO BASTA.

Este título tiene algo que me lleva a lo fantástico, a la fición más loca, al final, por ejemplo de EL PLANETA DE LOS SIMIOS

El tercero, para “Faves Contades”, nuestra ya antigua colección de micros: CUPIDO CABRÓN.

Qué decir con este título, micros rompedores, hay mucha discusión sobre la extensión de un micro, seguid vuEstra intuición, pero que no llegue hasta un folio, por favor…

(no sé cuanta gente va a participar en este último, pero pensad que tres micros-micros por persona estaría bien, para no quedarnos cortas)

Una aclaración que no está de más: cada título será el del libro y cadA texto recibido se numerará por orden de llegada. A ver cómo funciona el experimento. Hasta aquí hemos probado con dar una idea mínima y la habéis hecho crecer, ahora tenéis una propuesta y me da que crecerá exponencialmente. Lo bueno es que no tendreis que buscar título, ya lo tiene.

y ARA, A PENCAR…. FECHA límite 28 de febrero, no más, pero puede ser menos… y agradecería que quién quiera participar avise, así hago mis previsiones.