Mapa de coordenadas de las cicatrices adyacentes a La Zona Catastrófica. – Chá Lucena

20180416_211108__[Esta es la historia de cómo hoy he conocido al Niño D.]

 

 

 

Mapa de coordenadas de las cicatrices adyacentes a La Zona Catastrófica.

Punto A

En el Punto A hay un niño, hace un año, que va al logopeda. Ese niño tiene un nombre, pero lo llamaremos Niño A. Y, de momento, nos olvidamos de Niño A porque la acción pasa al presente por la capacidad combinatoria de la casualidad, y, con él, al Punto D.

 

Punto D

En el Punto D, yo estoy haciendo trazos enérgicos en una pizarra blanca para explicar la estructura de una cosa que escribí en el Punto A y cómo ésta se engarza con otras cosas que escribí en los Puntos B y C. En la mañana del Punto D, yo estaba, precisamente, intentando releer lo escrito en el Punto A pero, como ocurrió en el Punto B y C, no pude del todo. Así que solo pasé los ojos rápidamente por lo escrito en el Punto A, para rescatar la idea principal y saber cómo diablos voy a explicarlo en la tarde, en el Punto D.

Al Punto D voy todos los días, y es una especie de microcosmos donde caben todo tipo de personas. Cada persona va allí con un motivo, el suyo propio, que nadie más conoce y que, a veces, ni ellos mismos conocen, simplemente hay una fuerza centrípeta que les impulsa siempre a volver. Pero luego, hay un motivo general para diferentes grupos de personas. Uno de los motivos por los que las Personas A,B,C,D… van al Punto D es para escucharme hablar. Eso, obviamente, me halaga. Hay personas dispuestas a, de entre todas las cosas que podrían hacer en una tarde cualquiera, dedicarlas a ir al Punto D, a ver qué les tengo que decir. Y lo que les tengo que decir lo estoy trazando enérgicamente en una pizarra blanca, pero no más enérgicamente que la velocidad a la que, hace unas horas, pasé los ojos por lo que voy a explicarles: lo escrito en el Punto A y su relación con las cicatrices del Desastre.

 

Punto B

En el Punto B, el Niño A y todo lo que importa han dejado de existir. Ha ocurrido El Desastre en la Zona Catastrófica. El eje sísmico está en el origen del temblor, repartiendo cicatrices, regodeándose en cada uno de sus turnos de réplica. Yo estoy muerta, como consecuencia y ya no tiemblo, como resultado. Pero volvamos al Punto D.

 

Punto D

Ahora mismo estoy sola, esperando a las Personas A,B,C,D…, así que, cuando voy a hacer pis, no digo que voy a hacer pis en checo, que es lo último que he aprendido a decir. En el Punto D, por motivos variopintos, se hablan varios idiomas o, mejor dicho, todos a la vez.

Pero es que, en el Punto D, hacemos las cosas así.

 

Punto C

En el Punto C, yo sigo muerta, pero empiezo a ir al Punto D y mi motivo es relacionarme con personas que me hagan entender el Punto A y B, porque, en algún punto, (-a,-b,-c o no sé), esas personas guardan similitudes con algunas miradas que me observaron en el Punto A o en puntos inmediatamente anteriores.

Y mi modo de hacerlo, (tal vez no el mejor, pero con el que más puedo sentir la reanimación cardiopulmonar), es contarles cosas.

Cosas como las que les voy a contar hoy en el Punto D.

Cosas que, al parecer, les toca algo que necesita ser reanimado también.

Por eso hoy estoy en el Punto D.

 

Punto D.

Al girar hacia el baño de personal, me choco con el Niño A, que viene en estampida y me atropella.

Algo que no he dicho del Punto D es que hay un montón de niños y esos niños tienen alguna cosa que no funciona bien en ellos. Aunque para mí, que me parezco mucho a los niños que van al Punto D, esos niños simplemente vienen de otro planeta.

El mío.

Y el Niño A, como un fallo de Raccord, ha dado un salto cuántico desde el Punto A hasta el Punto D y me ha atropellado, y ahora estamos así, mirándonos, como se miran las cosas que no se esperan.

Como no se espera El Desastre.

Porque el Niño A y yo no nos esperamos el uno al otro.

Yo iba a hacer pis y él iba al logopeda.

 

Punto B

En el Punto B yo me muero y siento que no hay nada que pueda hacer para evitarlo.

Y, lo peor, lo estoy deseando.

Para que así pase, pase todo de una vez, sin puntos suspensivos.

Y sin atropellos.

 

Punto D

No sé si fruto del choque o del salto cuántico de dos personas que no se esperan, el Niño A ha dejado de gritar y de ir corriendo de un lado a otro y yo he dejado de tener ganas de hacer pis. Simplemente, nos quedamos mirándonos un rato, hasta que aparece El Padre del Niño A y me dice “hola” porque me conoce, y yo le digo “hola” porque también lo conozco; conocerse es, aunque a veces no lo parezca, casi siempre un intercambio recíproco. Pero a continuación todos aparentamos no conocernos o no recordarnos lo suficiente como para decir nada más. Lo importante aquí es que el Niño A está en el Punto D, donde estoy yo también, y trazamos una intersección, porque aquí sigue teniendo la costumbre de atropellarme y, después de eso, mirarme y sonreír.

Hay cosas que nunca cambian a pesar de la distancia más larga entre dos puntos.

O, tal vez, el Punto A y el Punto D no están tan lejos como yo creía y, lo que se suponía un acontecimiento movido por una fuerza centrífuga es, en realidad, un acontecimiento cuya gravedad la dicta una fuerza centrípeta, que no huye del origen, sino que siempre vuelve a él.

Es por eso que El Desastre choca contra mí, me mira y me sonríe. Y eso es una catástrofe.

 

Punto C

El primer martes de la segunda semana desde que empecé a trabajar en el Punto D, vi por última vez el Último Resquicio Real del Punto A, la Causa Central del temblor en el Punto de Origen de La Zona Catastrófica. En el Punto C, ella iba a subir por unas escaleras hasta la cuarta planta mientras yo recogía mi acreditación en el mostrador, así que trazamos una intersección y el eje de coordenadas puso un punto ahí, el Punto Final.

Hacía varios meses que no sabía ni del Niño A, ni de cualquier niño, sujeto, evento o lugar del Punto A.

Niño A forma parte de una cadena de ensamblaje que moldea la cicatriz por la que yo no puedo leer lo escrito en el Punto A. Digamos que, en el Punto A, pasaron acontecimientos que nadie espera que pasen, como el atropello del Niño A en el Punto D, y dejan cicatrices que nadie espera que, al tacto, perciban de nuevo la sensibilidad, porque han dejado una parte de ti, esa parte de ti, completamente muerta. Esas cicatrices caminan contigo y tú, ilusa, finges que no están porque no las ves y, por tanto, existen tan poco como yo en el Punto B. Pero es mentira. Una puta mentira porque una cicatriz es una cicatriz y, aunque crees que puedes pasar una lija por ahí y no la sentirás, lo malo es que las partes adyacentes sí que sienten, y sienten por sí y por todos sus compañeros. A lo bestia. Y eso no puede evitarse ni extirparse.

Supongo que por eso se me cortaron las ganas de hacer pis y por eso huyo con una fuerza centrífuga del Niño A y vuelvo centrípetamente hacia el Punto D, donde mi pizarra blanca llena de trazos me espera para continuar, mientras mi cabeza pasa por el Punto A, B, C y D sin previo aviso y de forma autónoma y aleatoria, A, C, D, B, D, A, C, A, D, B,  hasta que aparece, también fortuitamente o no, el Niño D.

 

Punto D

Cuando llego al Punto D, ya no estoy sola. Ha aparecido de la nada un niño, que llamaremos Niño D. El Niño D contempla mi pizarra y mi presencia no interrumpe su observación. Yo, que no esperaba al Niño D, como no esperé al Niño A, me quedo plantada allí, esperando a que ocurra algo, y que ese algo suceda sin que yo sea el motor de la acción. Entonces, pasado un tiempo indeterminado, el Niño D me mira, mira los trazos de mi pizarra, me vuelve a mirar, vuelve a mirar la pizarra, y yo me dejo observar, como si fuese un partido de tenis contra mi pizarra y el Niño D el árbitro que espera a que me decida a solicitar el ojo de halcón. Ahora me dice lo que reproduzco a continuación, junto a mis contestaciones:

  • Yo quiero tener el pelo de tu color.
  • Pero si ya lo tienes de mi color.
  • No, porque hay zonas donde tu color es otro. ¿Cómo se llama ese color?
  • Pues… color caca de delfín.
  • ¿Cómo te llamas tú?
  • Pues Chá.
  • PuesChá, quiero tener el pelo color caca de delfín.
  • Vale.
  • PuesChá, ¿Tú eres una niña?
  • No me llamo PuesChá, me llamo Chá, sin pues. Y no, no soy una niña.
  • Y, ¿Por qué?
  • Porque las personas crecemos y de repente somos otra cosa.
  • ¿Eras una niña en el punto 2-13?
  • ¿Qué punto es ese?
  • Este (me señala un punto de la pizarra donde ponía 2-13)
  • No, ahí no, pero en este punto de aquí sí que era una niña, en el 5-10.
  • ¿Y en este de aquí?
  • Ahí también.
  • ¿Y aquí?
  • No, en ese no.
  • PuesChá, si no eres una niña aquí, ¿Qué haces aquí?
  • Pues ahora voy a explicar todo esto que hay en la pizarra a unas personas.
  • ¿Son niños esas personas?
  • No.
  • PuesChá, ¿Eres profe?
  • Sí, más o menos.
  • Jajajajaja.
  • ¿Qué te hace tanta gracia?
  • ¡Pues que no tienes cara de profe!
  • ¿Ah, no? Pues que sepas que tú no tienes cara de niño, tienes cara de caca de delfín.
  • Jajajajaja.
  • Jajajajaja.
  • PuesChá, ¿Por qué eres profe de personas, si los profes son profes de niños?
  • Pero es que yo solo vengo a contarle a unas personas lo que pone en esa pizarra.
  • PuesChá…
  • ¿Me vas a llamar PuesChá?
  • Sí, porque yo me llamo XXXX.
  • Ah, encantada XXXX.
  • Y, ¿Por qué?
  • Y, ¿por qué qué Niño D?
  • ¿Porque no eres mi profe?
  • Ah, pues porque tú tienes otra profe.
  • ¿Y no me puedo cambiar?
  • No, porque esa profe te enseña unas cosas que son muy importantes para ti, y yo enseño esto de la pizarra. ¿Es que no te gusta tu profe?
  • Sí, me gusta, bueno, a veces me aburro de pronunciar, pero aunque al principio no quiero venir luego ya sí. Pero me gusta lo que hay en tu pizarra y tú también. ¿Es importante lo que pone en tu pizarra?
  • Lo fue, Niño D.
  • Y, ¿Por qué ya no lo es?
  • Bueno, vale, sí que lo es, solo que es complicado de entender.
  • ¿Y lo que has puesto en esa pizarra es importante para mí?
  • ¿Tú que crees?
  • Que sí.
  • Pero, ¿lo entiendes?
  • No.
  • ¿Entonces?
  • Pero parece muy importante.
  • Lo es. Pero solo para mí, las personas a las que se lo voy a explicar no lo saben.
  • Entonces, ¿Para qué?
  • Pues es que quieren saber cómo hago yo una cosa.
  • ¿Qué cosa?
  • ¿Has venido solo, PuesNiñoD?
  • No, porque vivo en un pueblo que se llama XXXXX. Y entonces viene mi madre, pero está hablando por teléfono y me ha dicho que no lo puedo escuchar.
  • ¿Y por eso te has colado aquí?
  • Pues sí.
  • Pues vaya contigo, Niño D.
  • Vaya conmigo, PuesChá.
  • PuesNiñoD, ¿Niño A es tu amigo?
  • PuesChá. ¿Quieres ser mi profe?
  • ¿A qué hora tienes clase en el Punto D? ¿Niño A también tiene clase ahí?
  • A y media. Niño A tiene clase ahí pero no conmigo y antes.
  • Pues hasta que empiece tu clase haremos algo mejor.
  • ¿El qué, PuesChá?
  • Vamos a buscar juguetes.

 

Niño D y yo nos ponemos a buscar juguetes, y su madre aparece pidiendo perdón. Niño D le explica que me llamo PuesChá y que soy su nueva profe, y que estamos buscando juguetes. La madre de Niño D me mira y mira mi pizarra y me vuelve a mirar, pero sin llegar a iniciar un partido de tenis. Después, intentando no sorprenderme, me dice:

  • No le gustan los juguetes. En casa no tenemos ningún juguete porque no le gustan.

Y me susurra que Niño D tiene XXXXXXXX.

Niño D dice que esos juguetes no se los quiere llevar, porque no los va a usar. Pero que se llevará uno para acordarse de mí, porque soy su amiga. Y me abraza repetidas veces. Yo me emociono. Los niños que tienen XXXXXXXX no abrazan así como así, y necesitan, por lo general, mucho tiempo para sentir vínculos con alguien. Su madre me lo dice. Y yo le digo que lo sé y que me siento completamente superada por algo tan hermoso.

Niño D ya no me suelta. No quiere irse y entonces le prometo que, al salir de su clase, le daré una cosa. Niño D dice:

  • ¿Cuándo?
  • Pues ahora, cuando salgas de clase.
  • ¿Es ya? ¿Es Ahora?
  • No, es cuando salgas de clase, Niño D.
  • ¿Cuanto falta para “ahora”?
  • No es “ahora” del todo. Me he explicado mal. Es luego, cuando salgas. Yo te esperaré y te lo daré. Te lo prometo.
  • ¿Me lo prometes?
  • Sí. ¿Es importante para ti?
  • Sí. ¿Es ya “ahora”?
  • No. Pero si es importante para ti, tú mandarás cuando sea “ahora”.
  • Pues tú mandas y yo mando.
  • Vale, Niño D. Pero todavía no ha llegado “ahora”.

 

Y, aunque a la hora en la que el Niño D sale del logopeda yo ya he explicado el contenido de mi pizarra y no debería estar en el punto D, lo espero.

Porque Niño D es el Punto de Origen de algo y ejerce una fuerza centrípeta sobre mí.

 

*

 

Antes de esperar al Niño D e inaugurar con él un “Ahora”, hicimos un pacto. Como no quería irse, le expliqué que le iba a hacer una acreditación, un pase especial con su nombre, y que, con ese pase, siempre siempre siempre que viniese podría estar donde yo estuviera, y dar clase, y jugar, o no jugar si no le gustan los juguetes, o hacer lo que quisiera, porque iba a ser mi secretario e iba a trabajar conmigo. Solo entonces le pareció súper genial ir a su sesión con la logopeda, y se fue saltando, y se volvió dos veces para darme abrazos y besos y sonreírme.

Cuando XXXX, su logopeda, cerró la puerta, yo me derrumbé. Me puse a llorar, porque era demasiado. Me desbordaba haber visto al Niño A, haber explicado lo que he escrito en el Punto A y B y C y también me desbordaba haber conocido al Niño D. Su madre me consoló y me explicó cosas del Niño D. Cosas por las que sé que Niño D estará siempre en mi corazón, como el Niño A. Cosas que hacen de él un ser puro y casi inexplicable, con capacidad para llenarlo todo y transformarlo en un filtro desde el que respirar aire limpio y sin viciar y con más sentido que todo lo que existe.

 

*

 

Al salir del logopeda, Niño D se ha lanzado hacia mí. Ahora ya es “ahora”. Le he puesto su acreditación, como si fuese una medalla o como si lo estuviese nombrando caballero de alguna orden templaria. Después, le he enseñado una que me había hecho para mí y Niño D me la ha puesto, imitando lo que yo había hecho con él. Me ha dicho que vendría a trabajar conmigo, porque ahora que ya es “ahora” es mi secretario. Y yo le he dicho el montón de cosas que tendríamos que hacer, y que nos veremos el próximo día en el Punto D.

 

  • Claro, ahora te vas a tu casa, porque tienes que descansar, PuesChá.

 

Niño D me ha hecho un montón de preguntas, que se amontonaban unas contra otras casi sin darme tiempo a responder. Y me ha abrazado por última vez, durante un rato muy largo. Niño D abraza de una manera muy especial y es como asomarse a un acantilado y ver chocar las olas. Mientras me abraza, Niño D me dice:

  • Te quiero PuesChá. Soy feliz.
  • Y yo también te quiero Niño D. Y también soy muy muy feliz.

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Esto podría ser ficción, pero no lo es.

Me alegra tanto que no lo sea que lloro y escribo, solo puedo llorar y escribir. Acabo de llegar a casa y aún estoy sobrecogida. Y escribo esto porque creo que es importante informar de que, en medio de tanta inmundicia y cabezas podridas, existe el Niño D. Y lo único que me jode es desconocer si puedo transmitir sin quedarme corta el poder que Niño D tiene para hacer sentir de nuevo las partes muertas de cada una de mis cicatrices. Y no quiero que nada tenga el poder de hacerme temblar, porque aún siento que El Temblor es la antesala del Desastre. Pero el Niño D tiene eso que hace que crea en él y que el tiempo a su lado sea de otro planeta donde los puntos son seguidos y estremecen y yo tengo el pelo color caca de delfín.

*

Los puntos, entes fundamentales, son conceptos primarios, por lo que solo es posible describirlos en relación con otros elementos similares. Describen una posición en el espacio generado en un sistema de coordenadas. El punto donde se cruzan es el origen y el origen del punto A, B, C y D es el mismo donde empieza y termina mi relato “15 a 0” y donde se condensa el centro de la supernova de “Las corrientes circulares”. Un seísmo tiene un punto de origen, y luego puntos de réplica, donde el temblor se repite. Cuando algo me sobrecoge, tiemblo y no puedo evitarlo, como si tuviera instalado el epicentro de un seísmo en mi caja torácica. En el epicentro de mi caja torácica también está el recuerdo de la persona que más me hizo temblar, pero en el epicentro del epicentro hay un punto ciego, una gran cicatriz. Las partes adyacentes a esa cicatriz saben que los tres personajes de “15 a 0” tienen una cicatriz en un punto determinado de su eje de coordenadas, aquí, aquí y aquí -lo señalo. En el centro de esa cicatriz no puede sentirse nada, pero las zonas adyacentes duelen y mucho, en un plano físico y metafísico.

El espacio que crea la historia cruza dos líneas, (x) va de 0 a 15 y (y) va de 15 a 0. Hay un momento en el que se cruzan. Después, 0 va a n. Hay parábolas creando infinitos, esos infinitos se estrechan, como un embudo, por la fuerza ejercida por la gravedad del acontecimiento, hasta formar una paraboloide hiperbólica. Esta de aquí.

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Una supernova condensa en su epicentro una fuerza infinita. Esa fuerza se va disipando conforme se aleja del centro, a través de una fuerza centrífuga. En las zonas adyacentes quedan los residuos, podríamos decir los recuerdos, que van perdiendo intensidad. La mayor emisión de luz de la supernova se produce con su muerte. Su luz, esa luz de la muerte, nos llega tarde, porque estamos lejos. Es la misma luz que producen las células al morir. Por este proceso, las supernovas y las células pueden describirse en relación a elementos similares, porque son entes fundamentales, como los puntos.

 

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En el centro de la mitocondria se guardan los recuerdos, que se disipan conforme nos alejamos. Es el proceso del olvido. El mapa molecular de Bohr explica los niveles de separación del centro. Aquí está n=1, aquí n=2, y aquí n=3, y así. El mapa molecular de Bohr explica las células y puede explicar también la supernova. Y todo ello puede explicar algo que para mí es inexplicable: los sucesos que ocurrieron en el Punto A y por los que he escrito lo que he escrito. ¿Alguna duda?

-Sí, Chá.

Bien pues, hacemos un descanso. Tengo que hacer una acreditación para un niño, ahora os cuento por qué. Y a la vuelta resolvemos las dudas, Persona B.