Los músculos que rodean los meniscos. (Parte III) – Chá Lucena

20180416_211108__[En el libro que conmemora los diez años (que son once) de La Espiral, escribí lo que la editorial había significado para mí. Esta es la tercera parte de la versión extendida.]

 

Los músculos que rodean los meniscos.

3

Era la mañana siguiente del día ese del año ese, y eso significaba que iba a recibir un premio que suponía la venganza mayor de un libro de poemas contra su escritora. Mi reconocimiento no llegaba de la mano de escritos de los que estaba muy orgullosa, sino de unos poemas de principiante, relegados en un cajón, el primer cajón, que fueron catalogados para mi sorpresa como “renovadores de las tendencias actuales” y como “sinuosos y directos al centro de la prosodia de las nuevas voces”. Pero qué me estáis contando. Dónde veis todo eso. Dónde está la prosodia. Qué mierda estoy renovando, si solo me estoy lamentando. Me parecía todo de chiste pero, de camino a mi entrega de premios, en lo que estuve pensando en realidad fue en los monstruos de la ropa.

Una mañana de domingo, cuando tenía cuatro años, me desperté y, al salir al salón, me encontré a mi familia reunida en una especie de asamblea general a la que yo, al parecer, no había sido invitada. Estaban debatiendo qué podían hacer con el tema de mis pesadillas y mis monstruos. Cuando me vieron aparecer, guardaron silencio y me miraron como se mira a un cervatillo recién atropellado por ir demasiado deprisa en una carretera comarcal.

Mi hermana, que suele tener ideas de bombero pero eficaces, se levantó a hacerme un Nesquik, y luego, fue al cuarto y volvió con un lápiz y un folio que dobló por la mitad. Dibujó en él rectángulos de dimensiones irregulares y, encima de cada uno de ellos, trazó algo que (según nos explicó después) eran pergaminos (y no aves aplastadas contra un cristal, que era a lo que verdaderamente se parecían). A continuación, escribió en la esquina de cada pliegue los números uno, dos, tres, y cuatro. Cuando mi hermano la empezaba a mirar como si fuese verde y yo estaba apurando los restos del Nesquik con la cuchara, sin prestar demasiada atención al momento bombero de mi hermana, ella puso en grande en el pliegue número uno:

“Los monstruos de la ropa”.

 

 

 

 

Los monstruos de la ropa. Versión 2012. 

 

– Cuéntalo aquí, la pesadilla de hoy. – me dijo.

– ¿Por qué?

– Porque aquí ya no será más una pesadilla. Ahora será un cuento.

 

Y yo, tan esperanzada como descreída, dibujé y escribí mi pesadilla en esa mañana, mientras mi madre cambiaba de lugar los sillones varias veces, mi padre se iba y volvía con un montón de espárragos y mis hermanos hacían cosas propias de adolescentes, diversificados cada cual en su especificidad. Coloreé con lápices Alpino a medio morder las viñetas y, cuando me di por satisfecha, le enseñé el resultado a mi hermana. Ella, el lunes siguiente, aprovechando que le tocaba guardia en el recreo, asaltó a mi profesora y se lo enseñó, mientras yo, ajena a todo, jugaba con Carolina y Raquel y con un xilófono de colores.

Estaba en un curso adelantado porque era una de esas llamadas posteriormente alumnas de altas capacidades. Esto suponía que, casi todo lo que hacía, era examinado por un par de profesoras como si lo que tuvieran entre manos fuese una probeta y no una niña sin ínfulas de tocar en la filarmónica de Viena, ni siquiera una pieza que contemplase la aparición de un xilófono de colores. A los padres de mis amiguitos les parecía muy raro y muy poco correspondiente con mi edad mi modo de comportarme, y lo comentaban en la puerta del colegio mientras esperaban el sonido de la sirena que anunciaba el fin de las clases y el momento en el que sus hijos saldrían en estampida. Con una mezcla de asombro y advertencia, se me presuponía un virtuosismo magistral en todo lo que hiciese, algo que, me temo, estaba bastante lejos de ser cierto. Cuando en tercero llevé mis deberes de geometría al colegio, con un cilindro aplastado y un cono manchado de flan, mi tutora los recibió como si supusiesen el final de toda era conocida. Años después, mi madre me confesó que tenía miedo de que esa «forma de ser» me hiciera sufrir demasiado, porque era algo que había hecho sufrir mucho a mis hermanos (también un poco más listos de la cuenta) y que, por ello, hubo un esfuerzo general en mi entorno por ocultarme que no era del todo como los demás niños. Solo entonces, cuando mi madre me confesó el gran secreto y yo tenía veinte años, encontré una mínima explicación a varios asuntos que me habían atormentado a lo largo de toda mi existencia.

Otras cosas que pasaban también cuando tenía cuatro años es que me gustaban mucho los dados, porque a mi padre le gustaban mucho los dados y todo lo que le gustara a mi admirado padre me gustaba en consecuencia a mí. Y tenía cuatro años también cuando, por casualidades del azar o no, Carlo Frabetti me dijo que tenía que ser escritora porque yo era como un seis doble. Mi padre se pasó toda esa tarde tirando mis dados y haciéndome anotar las veces que salía un seis doble. Entonces entendí qué quiso decir Carlo Frabetti, qué estaba pretendiendo mi padre con el asunto interminable de los dados y, desde ese momento, casi nunca dejé de escribir. Mi hermano se fabricó una encuadernadora y, enfervorizado como estaba con su invento, me hizo montones de libros en blanco, para que yo los rellenase. Se convirtió, sin darse mucha cuenta, en mi primer editor. Aún conservo alguno de esos libros y aún recuerdo con mi hermano de vez en cuando esos días frente a la encuadernadora. En cualquier caso, cuando la encuadernadora de mi hermano petó por un uso más allá de lo indebido, y tras asimilar que él estaba enzarzado en la creación de un secador con las piezas de una lavadora (que desembocó en un accidente doméstico por el que casi salimos todos ardiendo), mi madre me empezó a comprar libretas, y en libretas escribo, desde entonces y hasta ahora. Cualquiera que haya ido a mi casa, además de divisar la nota de despedida para alguien que ahora ya es historia o el dibujo de un Román que por entonces andaba fascinado con los robots, habrá visto las estanterías repletas de libretas. No conservo todas, más quisiera, y me contentaría con conservar la primera, pero lo importante es que, repartidas entre aquella casa familiar, donde hacía cuentos sobre los monstruos de la ropa y mi casa actual, donde escribo cuentos sobre los monstruos de la vida adulta, guardo un número indeterminado de libretas, de las cuales, como mucho, he vuelto a leer tres o cuatro. Admiro a la gente que escribe libretas y las tiene correctamente clasificadas, como los coleccionistas de cómics o de sellos o los psicópatas que guardan muestras de sus víctimas en el congelador, porque mis libretas están más bien dejadas de la mano de Dios y no tienen, por lo general, una caligrafía portentosa. Solo escritura desatada y, en momentos como éste en los que quiero encontrar determinada cosa de determinada libreta, para hacerle una foto y ponerla aquí, me las veo y me las deseo.

 

 

 

 

El pase de diapositivas requiere JavaScript.

mallarme-coup-de-des-sothebys-3

«JAMÁS
AUNQUE BIEN LANZADOS EN CIRCUNSTANCIAS
ETERNAS
DESDE EL FONDO DE UN NAUFRAGIO

ABOLIRÁ»

 

El año pasado, me propuse poner un numerito en la portada cada vez que empezase una libreta, para saber cuántas rellenaba durante el año. Fueron cincuenta y seis, eso hace una media de más de una a la semana. No tengo casi ninguna especialmente cara, mis favoritas van variando: Zap Book, Moleskine, Tiger, Muji, Guerrero,… aunque las que escribo con más cariño son aquellas que alguien me ha regalado porque la vio en no sé dónde y se acordó de que yo tenía una relación preocupantemente obsesiva con las libretas y me la compró. Además, siempre que viajo, suelo comprar algunas, que uso a la vuelta, como las tres que compré en aquel viaje la mañana siguiente del día siguiente del año ese, que me hicieron llegar tarde a mi encuentro con mi entrega de premios.

 

016PF1543_8DSKX_1

mallarmec3ac-original-golpe-dados

«ERA
De estirpe estelar
Sería
Peor
No
Más ni menos
Indiferentemente pero tanto
EL NÚMERO
EXISTIERA
De otro modo como alucinación dispersa de agonía
COMENZARA Y CESARA
Brotando aunque negado y cesado cuando aparecido
Al fin
Por alguna profusión vertida en la rareza
SE CIFRARA
Evidencia de la suma por poco que una
ILUMINARA
EL AZAR»

mallarme-un-golpe-de-dados

«Una tirada de dados jamás abolirá el azar.»

 

Años, muchos años después del asunto de los dados y del seis doble, leí por primera vez a Mallarmé, que también tenía sus libretas y en ellas decía que una tirada de dados jamás abolirá el azar, y me pregunté si mis pesadillas con los monstruos de la ropa, esas que desaparecieron al décimo cuento, mi encuentro con Carlo Frabetti, la encuadernadora de mi hermano y mi cilindro aplastado para la clase de geometría, entre otras muchas experiencias vitales de mayor o menor tintes de fatalidad, estaban conspiranoicamente aboliendo el azar o si, por el contrario, formaban parte de una tirada de dados como cualquiera de las de aquella tarde en las que anoté junto a mi padre todas las veces que aparecía un seis doble, que eran muchas, pero no tantas, lo que otorgaba a su aparición una sutil dosis de excepcionalidad que a mí, Carlo Frabetti, también me supuso. A día de hoy, y, aunque he estado tentada a preguntárselo muchas veces, no sé si Carlo era un visionario o si se dejó llevar por la tierna imagen de una niña enseñándole unos dados y un cuento llamado «Los monstruos de la ropa».

Después de comprar libretas (tres pequeñas, de pasaporte, de Muji, color rojo granate), volví al metro. En cuatro paradas más llegaría a mi destino final.

Ese que, indudablemente, iba a suponer el final de todo universo conocido.

Como mi cilindro aplastado y mi cono lleno de flan, que supusieron mi primer suspenso en matemáticas un miércoles, en tercero de E.G.B., y un gran disgusto para mi profesora, pero que pasó sin pena ni gloria por mi familia, que nunca me presionó para que fuera una chica excelente, sino una chica feliz, aunque a veces no encontraran el modo. Algo que, de todas formas, no pudo evitar que mi padre soltara alguna que otra lagrimilla ante mi cilindro aplastado y que, de un modo misterioso, en mi casa nunca más volviera a verse un flan.

*

(continuará…)

Parte I

Parte II

 

 

Los músculos que rodean los meniscos. (Parte II) – Chá Lucena

20180416_211108__[En el libro que conmemora los diez años (que son once) de La Espiral, escribí lo que la editorial había significado para mí. Esta es la segunda parte de la versión extendida.]

 

Los músculos que rodean los meniscos.

2

El primer cajón guardaba la intrahistoria clandestina que una chincheta naranja exhibe a todo aquel que detiene su mirada en el corcho que hay al lado de mi mesa. Es la literatura de la distancia, de corazones convertidos en piedra, de los paseos en silencio que no son paseos sino un descenso a Segunda División. Momentos antes de bajar del tren, esa intrahistoria impresa me hervía entre las manos y había conseguido finalmente incomodarme lo suficiente como para hacerme desear con mucha intensidad que volviera a su cajón cuanto antes. Pero, antes de eso, tenían que pasar algunas cosas.

Llegué a Madrid. Elsa me esperaba en la puerta de la estación. Me dio un abrazo y las llaves de su casa y corrió para no perder el cercanías que la llevaría al pueblo donde trabajaba de cocinera. Cuando perdí de vista la silueta de Elsa, me lamenté un poco. Algo de mi seguridad se iba con ella.

Era tarde pero no tan tarde y, como no sabía qué hacer, me decidí a pasear sin rumbo por el centro, mirando las caras de las personas para las que yo era una mancha más en el paisaje. No tardé mucho en arrepentirme de no haber ido primero a dejar la maleta. Al cabo de una hora, lo que en principio se disfrazaba de una leve fragilidad que no iba más allá del peso de la maleta, se estaba convirtiendo en un sentimiento que no recuerdo haber experimentado tan nítidamente antes. Empecé a sentirme aterrorizada, de un modo que solo se aproximaba a lo que sentía cuando, de pequeña, abría los ojos en medio de la noche, y la ropa formaba siluetas que les daba aspecto de monstruos, y yo salía de un brinco para encender la luz, despertando a todos mis hermanos, que me consolaban, entre palabras inconexas pero amables y proto-ronquidos. La de Madrid y mis noches de pequeña junto a los monstruos de la ropa compartían una emoción primordial, muy profunda, latente en mi cerebro reptiliano. Años después, describí ese sentimiento de angustia y agobio infinitos caminando por Madrid y su posterior evolución en las palabras de uno de mis personajes de la historia de “Bajo consumo”. Por ejemplo, en estos extractos:

“Giramos otra vez a la derecha, apartando bolsas, niños con zambomba y mandíbulas que gritan unas a otras que hasta qué hora tienen parking. El confeti, los petardos, terribles, desorientando a autistas y a perros, dejando a niños sin ojo izquierdo o sin dedos y a dueños buscando a sus mascotas por el chip identificativo, individual, fiable y permanente. Mutilados, extraviados. (…) Hay besos, abrazos, muestras de cariño, y referencias a la pesadez de las bolsas que también serán pesadas de-vuelta-del-Mercadona y muriendo serán pesadas cargadas de basura y restos de comida y restos de excrementos de animales y carcasas partidas Made in China.

Para.

Hay algo de nostálgico y autodestructivo en una época que no hemos vivido completamente. Hay algo de trágico en recuerdos de momentos que, a veces, dudo de si han pasado, ¿Entiendes? Dudo de si han pasado y llevo días sin salir y sin dormir y justo hoy tenemos que encontrarnos porque hay algo que nos hace siempre pensar que un cambio para mejor es posible. Sonido de petardos y yo me ahogo. Siento que es el fin del mundo y que la paz se pone debajo de la lengua y funciona lenta en el cielo de la boca; siento que el corazón se para porque es tarde y no parecen enterarse de nada, y no pareces enterarte de nada. Es un acto analógico, como nuestra vida de antes, como nuestro entonces, en 2006, sonando casi como una enfermedad: “Lo siento. Es usted analógico. Mis pesares”, como una epidemia mal sofocada, como restos de un incendio, la lepra. MySpace. ¿MySpace? Sí, se llamaba MySpace esa página de compartir música y cargaba lento, porque la vida pasaba lenta y ya ves tú, no importaba. Pero pasaba, no se miraba a través de catalejos. La vida antes se vivía. En este momento, la vida carga lenta, pasa lenta y funciona lenta debajo de la lengua. Está hecha de momentos, de experiencias vividas y lugares comunes; este momento detiene esto, esto que ocurre desde lo otro, después de lo otro. Y lo otro era la vida. La Vida Total. Cuando estábamos en ella, y ella en la punta de la lengua y no debajo y yo no tenía ataques de pánico cada vez que te veía ni me comía la ansiedad ni nos unía el sadismo, la burla sutil y la vergüenza. Este ardor entre los ciudadanos y las luces, de bajo consumo y el frío, en el cuello, en los recuerdos, en los ojos dedicados al catalejo.

Doble-check. Sensación amarga y pastosa, como de mantecado, debajo de la lengua. Restos de color rosa, alivio temporal. La vida lenta. Infinitésimas fracciones de segundo repartidas en miradas que comprueban que nadie se me abalanza. La gente nos arrastra. Somos tres mil pero parecemos todos. El consumismo debajo de la lengua. Actualizar estado mental.

Para.”

Mi recién estrenada emoción reptiliana me había situado en una realidad paralela abominable, donde las siluetas no cobraban forma de monstruos, pero me hacían sentir como si lo fuesen. Ahí permanecí hasta que un perro me ladró y me sacó de mis fisuras ficcionales. Era un perro diminuto que se hizo el valiente porque olió mi miedo.

Eso mismo debería hacer yo, pensé. Hacerme la valiente.

Tenía una noche por delante para concienciarme de ello.

Cogí un metro que me dejó a tres minutos de la casa de Elsa. Caminé hasta ella, aceptando con un poco de resignación ser una mancha más en el paisaje. Al salir del ascensor y encajar la llave en la cerradura, sentí un poder abrumador, una sensación inmediata de que, al cerrar la puerta de la casa de Elsa, cerraba también una caja de Pandora.

Estaba a salvo de los monstruos encubiertos y de los perros detectores del terror. Ese alivio me hizo desear no tener que salir jamás de allí, un pensamiento que casi me aterrorizó más que el propio terror. De repente y sin motivo, algo me estaba pasando, algo se gestaba y me anunciaba que iba a darlo a luz.

Pero no sabía qué era. Ni cuando pasaría. Sólo percibía que algo no iba a funcionar.

Elsa me había dejado la cena preparada: Sushi (sabe que me encanta y además lo prepara muy bien), y una nota:

 

chark

 

Me comí dos piezas, una de salmón y otra de atún, y me fui a no dormir a su cama, preguntándome por aquel terror que me esperaba al otro lado de la puerta y que pesaba más que la maleta, que el olvido y que la incertidumbre.

Al día siguiente me iban a dar un premio y eso iba a cambiar mi vida para siempre.

Pero tal vez no en el sentido que yo creía.

*

(continuará…)

Parte I

Parte III

 

 

Los músculos que rodean los meniscos. (Parte I) – Chá Lucena

20180416_211108__[En el libro que conmemora los diez años (que son once) de La Espiral, escribí lo que la editorial había significado para mí. Esta es la primera parte de la versión extendida.]

 

Los músculos que rodean los meniscos.

1

En el día ese del año ese yo estaba en Madrid porque me habían dado un premio de poesía, y me disponía a ser relativamente reconocida, aclamada y, probablemente, criticada y abucheada por mi pequeño club de haters. Quizá manteada por los que me querían. Quizá nada de lo anterior. Cuando me lo dijeron me pilló fría: me llamaron precisamente cuando escribía una ridícula nota de despedida lamentándome por los no-ha-podido-ser, dispuesta a meterla en el buzón de alguien que ahora es historia. Me cortó el melodrama y me quedé fría, sí.

Guardé la nota en el abrigo de la parka y volví a casa. Tenía que salir hacia Madrid en tres horas. Hoy, muchos años después, la tengo pegada con una chincheta naranja en el corcho que hay al lado de la mesa. Su destinataria la leyó un día que vino a tomar café a mi casa, pero nunca supo que iba dirigida a ella, o de eso quiero convencerme.

En el corcho que hay al lado de la mesa.

Creo. Voy a mirar.

Sí, ahí está, haciendo historia también, junto a una postal que me envió Jacek desde Hong Kong, una entrada de cine (Inception, sesión de las diez, fila doce, asiento ocho) y un dibujo de Román.

445207197_326261

El dibujo que me regaló Román cuando tenía cinco años.

Cogí ropa para un par de días (luego me di cuenta de que me había olvidado de coger nada que pudiese hacer las funciones propias de un calcetín), bolsa de aseo, un libro que tenía a medio leer (y que nunca, nunca, me acabé) y, no sé por qué, la postal de Jacek. En su lugar dejé mi nota de despedida. Por último, ya en la puerta, me giré, volví al salón y abrí con resignación el segundo, el tercero y, finalmente, el primer cajón del escritorio. Y ahí estaba, el libro ganador, resurgiendo del olvido, jactándose de nuestro reencuentro. De verdad que ni recordaba ya ese poemario. Lo releí después, durante el viaje, quizá a modo de penitencia, quizá para tenerlo fresco y poder salir airosa de las preguntas que me hicieran sobre él. Me siguió pareciendo la peor mierda que había escrito jamás, una mierda que se vengaba ahora de mí y de mi juicio atroz, rescatado de su cajón, resurgido sí, a la espera triunfante de verme interrogada sobre él mientras es vitoreado al día siguiente.

Cada poema se me clavaba como se clavan ya no los recuerdos, pero sí como lo hacen los momentos que han pasado del dolor al hastío, de horas de composición, epifanía, catarsis o no sé cómo calificarlo; de vueltas y más vueltas hasta encontrar la palabra exacta que podía indicar con precisión qué me habían mutilado, quién y cómo, dejando sin resolver el porqué. Un proceso que algunos llaman creativo y que para mí se parece más bien a una misteriosa necesidad de compartir con unos poemas sin lector la idea de que mi fracaso era menor a través de nuestro fracaso conjunto: el literario.

Escribir es, a veces, un consuelo de tontos.

*

(continuará…)

 

Parte II

Parte III