Hechos de una pasta…

En Hechos de una pasta... encontraréis un sofrito muy sabroso de todos los autores y obras que nos han influido a los que formamos parte de esta Espiral.

Queremos mostraros las lecturas que nos conforman y nos definen. A través de nuestros gustos quizás os podáis formar una idea más certera de cómo somos y qué nos gusta en La Espiral. Conocemos los ingredientes pero no sabemos el resultado, ni siquiera nosotros que ponemos las letras, todavía no. Los que entienden de esto dicen que el secreto de un buen guiso es un buen sofrito y eso es lo que os ofrecemos: nuestra mezcla, nuestra base lectora, nuestras pasiones literarias.

Esperamos que os guste este nueva sección.

Empezamos con un relato sobre uno de los que mejor relataban.


CORTÁZAR

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Hubo una época en la que solo podía leer a Julio. Incluso cuando leía otra cosa leía a Julio. Las etiquetas de champú me hacían preguntarme cómo tendría el pelo La Maga. ¿Aparecía este detalle en Rayuela, lo decía? No lo recuerdo. Pero imagino su pelo muy enmarañado. Un poco como era ella. O a lo mejor no, a lo mejor era un pelo como la pez: liso y negro. Como las carreteras en las que quedan los coches detenidos en una especie de muerte prolongada cuando cae la tarde y ya no queda mucho para llegar a París. ¿Cómo será el pelo de La Maga? Y su alma, ¿Cómo será su alma? ¿Cómo será su esencia? Tantas preguntas que no debería suscitar una estúpida etiqueta de champú, Julio. El alma de esa mujer debe de ser algo así como la piedra roseta de las almas. ¡Qué memoria la mía! No acordarme del tipo de pelo de La Maga…

Hasta cuando hacía la lista de la compra leía a Julio. Me lo imaginaba en camiseta interior, fumando, mesándose la barba, jugueteando con el gato, pidiéndome algo fresco de la nevera con ese frenillo tan característico en su forma de hablar y yo, de repente convertido en La Maga y él, Oliveira; le traía un zumo helado de sangre y se lo arrojaba a la cara. ¿Por qué me haces esto Julio?

Hasta cuando leía mis apuntes aparecía Julio. Hoy ya no me pasa con tanta frecuencia, no me invade y lo ocupa todo esa forma de narrar (quizás porque ya tenga el veneno dentro de mí, metabolizado). Cuando era estudiante, era como el apocado Oliveira, el callado Oliveira, el soñador Oliveira. Aún hoy, en los días de sol, cuando las azoteas se llenan de las coladas aplazadas por la lluvia, creo ver reflejada en el cristal de la ventana por la que me asomo la cara de Oliveira. ¿Cómo era él? Era un cíclope, era un romántico, era un experto en caminar sin rumbo y conocía a todos los músicos buenos. La buscaba a ella, a esa especie de ballena blanca esquiva que parecía respira otro aire. Uno enrarecido pero dulce que solo se da muy por debajo de la superficie.

Hubo una época en la que yo quería ser como Julio. ¡Qué iluso! Hoy, que apenas recuerdo de sus historias más que el tono y la incertidumbre, sigo creyendo que siempre lo leo a él. Mi memoria siempre fue muy mala, «así sufres menos», me dicen los personajes que logro retener. Pero sí recuerdo como mi cabeza fue invadida, habitación por habitación, y yo quedé fuera. Recuerdo ir a vomitar angustiado tras el desahucio de mi propia mente y esperar a que, en vez de bilis, tras la arcada, viniera un esponjoso conejo blanco con sus profundos ojos redondos y negros como la espalda de un escarabajo recién abrillantado.

Tengo mala memoria pero no importa porque para buscarla a Ella no hace falta más que deseo, ni siquiera hay que ser muy inteligente o tener cualidades especiales. Basta con pisar la calle y levantar la nariz. Olfatear, como hacen los animales, y echar a andar sin rumbo. Porque Ella puede salir a respirar en cualquier esquina donde la superficie esté agrietada.

Aún, cuando llaman por teléfono o a la puerta creo que es Ella. Creo que ha venido para que recuperemos juntos París. Pero siempre son otros a los que tengo que inventar una historia que cuadre con el universo de Julio. Apenas, eso sí, me lleva unos minutos convertir al cartero en un integrante del Club de la Serpiente. Cuando me preguntan si estoy contento con mi compañía de telefonía móvil, yo les contesto con otra pregunta: ¿te gusta el Jazz? Y cuando en la puerta alguien me habla de salvar a todos los negritos de África y de paso la conciencia de la masa informe a la que pertenezco, yo les pregunto ¿Cómo vamos a salvar a esos niños si no sabemos como hacer que deje de llorar Rocamadour?

Julio sí, Julio sabía como callarlo. Por eso lo invoco a él cuando alguien llora de madrugada.