Los músculos que rodean los meniscos. (Parte I) – Chá Lucena

20180416_211108__[En el libro que conmemora los diez años (que son once) de La Espiral, escribí lo que la editorial había significado para mí. Esta es la primera parte de la versión extendida.]

 

Los músculos que rodean los meniscos.

1

En el día ese del año ese yo estaba en Madrid porque me habían dado un premio de poesía, y me disponía a ser relativamente reconocida, aclamada y, probablemente, criticada y abucheada por mi pequeño club de haters. Quizá manteada por los que me querían. Quizá nada de lo anterior. Cuando me lo dijeron me pilló fría: me llamaron precisamente cuando escribía una ridícula nota de despedida lamentándome por los no-ha-podido-ser, dispuesta a meterla en el buzón de alguien que ahora es historia. Me cortó el melodrama y me quedé fría, sí.

Guardé la nota en el abrigo de la parka y volví a casa. Tenía que salir hacia Madrid en tres horas. Hoy, muchos años después, la tengo pegada con una chincheta naranja en el corcho que hay al lado de la mesa. Su destinataria la leyó un día que vino a tomar café a mi casa, pero nunca supo que iba dirigida a ella, o de eso quiero convencerme.

En el corcho que hay al lado de la mesa.

Creo. Voy a mirar.

Sí, ahí está, haciendo historia también, junto a una postal que me envió Jacek desde Hong Kong, una entrada de cine (Inception, sesión de las diez, fila doce, asiento ocho) y un dibujo de Román.

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El dibujo que me regaló Román cuando tenía cinco años.

Cogí ropa para un par de días (luego me di cuenta de que me había olvidado de coger nada que pudiese hacer las funciones propias de un calcetín), bolsa de aseo, un libro que tenía a medio leer (y que nunca, nunca, me acabé) y, no sé por qué, la postal de Jacek. En su lugar dejé mi nota de despedida. Por último, ya en la puerta, me giré, volví al salón y abrí con resignación el segundo, el tercero y, finalmente, el primer cajón del escritorio. Y ahí estaba, el libro ganador, resurgiendo del olvido, jactándose de nuestro reencuentro. De verdad que ni recordaba ya ese poemario. Lo releí después, durante el viaje, quizá a modo de penitencia, quizá para tenerlo fresco y poder salir airosa de las preguntas que me hicieran sobre él. Me siguió pareciendo la peor mierda que había escrito jamás, una mierda que se vengaba ahora de mí y de mi juicio atroz, rescatado de su cajón, resurgido sí, a la espera triunfante de verme interrogada sobre él mientras es vitoreado al día siguiente.

Cada poema se me clavaba como se clavan ya no los recuerdos, pero sí como lo hacen los momentos que han pasado del dolor al hastío, de horas de composición, epifanía, catarsis o no sé cómo calificarlo; de vueltas y más vueltas hasta encontrar la palabra exacta que podía indicar con precisión qué me habían mutilado, quién y cómo, dejando sin resolver el porqué. Un proceso que algunos llaman creativo y que para mí se parece más bien a una misteriosa necesidad de compartir con unos poemas sin lector la idea de que mi fracaso era menor a través de nuestro fracaso conjunto: el literario.

Escribir es, a veces, un consuelo de tontos.

*

(continuará…)

 

Parte II

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