Los músculos que rodean los meniscos. (Parte II) – Chá Lucena

20180416_211108__[En el libro que conmemora los diez años (que son once) de La Espiral, escribí lo que la editorial había significado para mí. Esta es la segunda parte de la versión extendida.]

 

Los músculos que rodean los meniscos.

2

El primer cajón guardaba la intrahistoria clandestina que una chincheta naranja exhibe a todo aquel que detiene su mirada en el corcho que hay al lado de mi mesa. Es la literatura de la distancia, de corazones convertidos en piedra, de los paseos en silencio que no son paseos sino un descenso a Segunda División. Momentos antes de bajar del tren, esa intrahistoria impresa me hervía entre las manos y había conseguido finalmente incomodarme lo suficiente como para hacerme desear con mucha intensidad que volviera a su cajón cuanto antes. Pero, antes de eso, tenían que pasar algunas cosas.

Llegué a Madrid. Elsa me esperaba en la puerta de la estación. Me dio un abrazo y las llaves de su casa y corrió para no perder el cercanías que la llevaría al pueblo donde trabajaba de cocinera. Cuando perdí de vista la silueta de Elsa, me lamenté un poco. Algo de mi seguridad se iba con ella.

Era tarde pero no tan tarde y, como no sabía qué hacer, me decidí a pasear sin rumbo por el centro, mirando las caras de las personas para las que yo era una mancha más en el paisaje. No tardé mucho en arrepentirme de no haber ido primero a dejar la maleta. Al cabo de una hora, lo que en principio se disfrazaba de una leve fragilidad que no iba más allá del peso de la maleta, se estaba convirtiendo en un sentimiento que no recuerdo haber experimentado tan nítidamente antes. Empecé a sentirme aterrorizada, de un modo que solo se aproximaba a lo que sentía cuando, de pequeña, abría los ojos en medio de la noche, y la ropa formaba siluetas que les daba aspecto de monstruos, y yo salía de un brinco para encender la luz, despertando a todos mis hermanos, que me consolaban, entre palabras inconexas pero amables y proto-ronquidos. La de Madrid y mis noches de pequeña junto a los monstruos de la ropa compartían una emoción primordial, muy profunda, latente en mi cerebro reptiliano. Años después, describí ese sentimiento de angustia y agobio infinitos caminando por Madrid y su posterior evolución en las palabras de uno de mis personajes de la historia de “Bajo consumo”. Por ejemplo, en estos extractos:

“Giramos otra vez a la derecha, apartando bolsas, niños con zambomba y mandíbulas que gritan unas a otras que hasta qué hora tienen parking. El confeti, los petardos, terribles, desorientando a autistas y a perros, dejando a niños sin ojo izquierdo o sin dedos y a dueños buscando a sus mascotas por el chip identificativo, individual, fiable y permanente. Mutilados, extraviados. (…) Hay besos, abrazos, muestras de cariño, y referencias a la pesadez de las bolsas que también serán pesadas de-vuelta-del-Mercadona y muriendo serán pesadas cargadas de basura y restos de comida y restos de excrementos de animales y carcasas partidas Made in China.

Para.

Hay algo de nostálgico y autodestructivo en una época que no hemos vivido completamente. Hay algo de trágico en recuerdos de momentos que, a veces, dudo de si han pasado, ¿Entiendes? Dudo de si han pasado y llevo días sin salir y sin dormir y justo hoy tenemos que encontrarnos porque hay algo que nos hace siempre pensar que un cambio para mejor es posible. Sonido de petardos y yo me ahogo. Siento que es el fin del mundo y que la paz se pone debajo de la lengua y funciona lenta en el cielo de la boca; siento que el corazón se para porque es tarde y no parecen enterarse de nada, y no pareces enterarte de nada. Es un acto analógico, como nuestra vida de antes, como nuestro entonces, en 2006, sonando casi como una enfermedad: “Lo siento. Es usted analógico. Mis pesares”, como una epidemia mal sofocada, como restos de un incendio, la lepra. MySpace. ¿MySpace? Sí, se llamaba MySpace esa página de compartir música y cargaba lento, porque la vida pasaba lenta y ya ves tú, no importaba. Pero pasaba, no se miraba a través de catalejos. La vida antes se vivía. En este momento, la vida carga lenta, pasa lenta y funciona lenta debajo de la lengua. Está hecha de momentos, de experiencias vividas y lugares comunes; este momento detiene esto, esto que ocurre desde lo otro, después de lo otro. Y lo otro era la vida. La Vida Total. Cuando estábamos en ella, y ella en la punta de la lengua y no debajo y yo no tenía ataques de pánico cada vez que te veía ni me comía la ansiedad ni nos unía el sadismo, la burla sutil y la vergüenza. Este ardor entre los ciudadanos y las luces, de bajo consumo y el frío, en el cuello, en los recuerdos, en los ojos dedicados al catalejo.

Doble-check. Sensación amarga y pastosa, como de mantecado, debajo de la lengua. Restos de color rosa, alivio temporal. La vida lenta. Infinitésimas fracciones de segundo repartidas en miradas que comprueban que nadie se me abalanza. La gente nos arrastra. Somos tres mil pero parecemos todos. El consumismo debajo de la lengua. Actualizar estado mental.

Para.”

Mi recién estrenada emoción reptiliana me había situado en una realidad paralela abominable, donde las siluetas no cobraban forma de monstruos, pero me hacían sentir como si lo fuesen. Ahí permanecí hasta que un perro me ladró y me sacó de mis fisuras ficcionales. Era un perro diminuto que se hizo el valiente porque olió mi miedo.

Eso mismo debería hacer yo, pensé. Hacerme la valiente.

Tenía una noche por delante para concienciarme de ello.

Cogí un metro que me dejó a tres minutos de la casa de Elsa. Caminé hasta ella, aceptando con un poco de resignación ser una mancha más en el paisaje. Al salir del ascensor y encajar la llave en la cerradura, sentí un poder abrumador, una sensación inmediata de que, al cerrar la puerta de la casa de Elsa, cerraba también una caja de Pandora.

Estaba a salvo de los monstruos encubiertos y de los perros detectores del terror. Ese alivio me hizo desear no tener que salir jamás de allí, un pensamiento que casi me aterrorizó más que el propio terror. De repente y sin motivo, algo me estaba pasando, algo se gestaba y me anunciaba que iba a darlo a luz.

Pero no sabía qué era. Ni cuando pasaría. Sólo percibía que algo no iba a funcionar.

Elsa me había dejado la cena preparada: Sushi (sabe que me encanta y además lo prepara muy bien), y una nota:

 

chark

 

Me comí dos piezas, una de salmón y otra de atún, y me fui a no dormir a su cama, preguntándome por aquel terror que me esperaba al otro lado de la puerta y que pesaba más que la maleta, que el olvido y que la incertidumbre.

Al día siguiente me iban a dar un premio y eso iba a cambiar mi vida para siempre.

Pero tal vez no en el sentido que yo creía.

*

(continuará…)

Parte I

Parte III

 

 

Un comentario en “Los músculos que rodean los meniscos. (Parte II) – Chá Lucena

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