6 maneres de menjar una magdalena

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6 maneres (4 autores i 2 autors), 7 llibres en una gran obra des d’on sortir a escriure: À la recherche du temps perdu.

El projecte Proustià del grup La Karcoma, 7 blocs de text amb 6 relats cada un, 42 relats a l’estela d’en Proust.

Com escollir un fragment? Pues a voleo, e iremos cambiándolo cada semana, para que probéis cada una de esas maneras, las de cada autor, cada autora leyendo y elaborando su texto a partir de Marcel Proust.

Avui li ha tocat a Mónica Sabbatiello:

« Et l’église-entrant dans mon attention avec le café, avec le passant à qui il avait fallu demander mon chemin, avec la gare où j’allais retourner-faisant un avec tout le reste, semblait un accident, un produit de cette fin d’après-midi, dans laquelle la coupole moelleuse et gonflée sur le ciel était comme un fruit dont la même lumière qui baignait les cheminées des maisons, mûrissait la peau rose, dorée et fondante. »
(PROUST Marcel, À la recherche du temps perdu. 5. À l’ombre des jeunes filles en fleurs, 1918, p. 659)

 

EL VIENTRE DE LA BALLENA (fragmento)

San José de las Carmelitas Descalzas, Toledo, agosto de 1578

Mariana pasó la noche en vela a raíz de la carta de la Madre Teresa, una misiva cargada de preocupación por la vida de Juan de la Cruz, detenido por los monjes oscuros, los Calzados, hacía nueve meses. En esas circunstancias a ella no le importaba si caminaba hacia el vacío o hacia Dios, o si eran lo mismo. La inquisición tendía una sombra que la ahogaba.

Dejó la penumbra de la capilla y salió al jardín. Se recostó contra un muro y la hipnotizó la luz que parecía oro líquido sobre el tejado del convento. Algunos pájaros se perseguían.

Ahí todo era perfecto, como detenido entre respiraciones, como un accidente o un invento del amanecer. Eso le trajo un poco de consuelo.

Le fascinaba el arrobamiento de Juan de la Cruz. Ese cura poeta que había sido su confesor seguía un camino más ascético que el de la Madre Teresa: el de las nadas, así lo llamaban. Sobre eso cavilaba cuando oyó unos golpes en el portón de entrada del convento, y los gritos de: “Abridme o me destrozan, soy Juan”. No podía creer que fuera él. Sintió un vahído. Estaba débil y alterada tras someterse a muchos días de ayuno.

Corrió, con el pecho retumbándole, a avisar a la hermana portera. Al rato, un buen número de Carmelitas, inquietas como adolescentes, rodearon a Juan con muestras de afecto. Los harapos del sacerdote dejaban a la vista las heridas de su cuerpo adelgazado. Mariana asumió el mando y lo condujo a lo más profundo de la zona de clausura, donde estaría seguro.

Sentado en el camastro de una celda de retiro, parecía un pajarillo tembloroso. Mientras bebía, con tragos cortos, una fresca limonada con hierba buena, les fue contando a las religiosas congregadas a su alrededor, cómo había hecho para huir de la fortaleza de los Calzados, en el otro extremo de la ciudad.

Con el pretexto de remendar su hábito había obtenido aguja e hilo, elementos imprescindibles para su plan. Esa noche, la de la huida, unos frailes fueron de visita al monasterio, y él aprovechó el alboroto de la cena para aflojar los tornillos del candado de su celda. Con una manta hizo una especie de cuerda: la desgarró en tiras que unió con costuras, porque con nudos no le alcanzaría para ganar el muro inferior.

Cuando todos dormían, salió a la sala contigua. Y agarrado con ambas manos a la precaria cuerda, se dejó caer por una ventana abierta con la certeza de morir destrozado si ésta se rompía, o pisaba unos centímetros más allá, pues entonces iría a parar al despeñadero que acababa en el fondo del Tajo.

Una vez que ganó la calle, anduvo pegado a los muros por el meandro medieval que desconocía. Un hombre le permitió resguardarse en el zaguán de su casa. Con las primeras luces del amanecer pudo orientarse para llegar hasta el convento de las Carmelitas.

Mientras Juan contaba esas peripecias, Mariana buscó la soledad de la capilla para atemperar su conmoción. Las manos le temblaban. Y habló con Jesús, como de costumbre, de tú a tú. Le preguntó cómo era posible que unos hombres que se pretendían religiosos fuesen capaces de infligir semejante daño a un santo. No obtuvo respuesta, pero se serenó.

Buscó vendas, gasas, linimentos y la sotana del capellán para que él pudiera cambiarse y fue a la celda donde descansaba.

Juan, con los ojos cerrados y la cara relajada, parecía meditar. Dos monjitas lo miraban desde un rincón. Mariana se aproximó y le apoyó una mano en el hombro. Él abrió los ojos y ella reconoció su mirada benévola. “Vengo a curarlo, padrecito”, le dijo.

Se sentó en el suelo de baldosas blanquinegras y le tomó uno de sus pies lastimados. Le vino la imagen de Magdalena y Jesús, una asociación que le provocó el llanto. Sus lágrimas fueron a parar a una de las heridas del empeine. Juan le acarició la cabeza a través del paño de la toca. Ese contacto la estremeció.

Después de la cura, dejó sus pies envueltos en una gasa, y lo invitó a sentarse a horcajadas en una silla. Él, obediente, apoyó su cabeza sobre el borde superior del respaldo. Ella le retiró con suavidad los trozos de tela sucia agarrados a las heridas de la espalda. Desprendían un olor acre, a carne podrida.

Juan fue narrando sus penurias con voz neutra, como si quisiera documentarlas. Esas lastimaduras se las infligieron los religiosos durante el Miserere. Formaban una circunferencia y uno tras otro hacían caer con saña el látigo sobre su lomo. A esa mortificación la llamaban disciplina circular. Lo torturaron nueve meses mientras entonaban el Salmo Cincuenta de David. Las huellas más recientes eran unos desgarros con pus; las más viejas, costurones de cuero reseco.

Con agua tibia Mariana ablandó, y con aceite de clavo desinfectó. Estoico, él soportaba la cura sin soltar ni una queja, aunque sí algún respingo. Compadecida, ella acarició ese pellejo que transparentaba las costillas. Con la punta de los dedos recorrió esa geografía de combate. Y sintió la intimidad. Una tibieza sensual despertó su cuerpo de mujer…

 

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