En el café de la juventud perdida

La cita inicial, de Guy Debord, expresa perfectamente de qué va la cosa: “A mitad del camino de la verdadera vida, nos rodeaba una adusta melancolía, que expresaron tantas palabras burlonas y tristes, en el café de la juventud perdida”.

La cosa va de melancolía, de algo que se perdió o estuvo siempre perdido, desorientado, extraviado. Hay un aire de soledad, tristeza y desesperanza convertido en poesía.

La protagonista, frágil y enigmática, se llama paradójicamente “Louki” (¿una persona con suerte?).

«Noté esa sensación de angustia que se apoderaba de mí, muchas veces de noche, y que era aún más fuerte que el miedo, esa sensación de que en adelante sólo iba a poder contar conmigo misma.»

El escenario es París, un París bohemio, años sesenta, que hace pensar en Cortázar (un Cortázar más sobrio). Un París en blanco y negro, de cafés, estudiantes, militantes políticos, espiritistas y poetas.

Cuatro narradores distintos nos hablan de Louki (incluida ella misma), en sucesivos capítulos, evocando personas y hechos del pasado de un modo fragmentario e incompleto, cruzándose a lo largo de los años. El libro parece decirnos: las vidas de los otros son un puzle del que solo podemos ver o entrever unas pocas piezas. Esa sucesión de puntos de vista, que lleva a una estructura muy marcada, es uno de los grandes aciertos, en mi opinión, de esta novela de poco más de cien páginas.

En el café de la juventud perdida también es un libro sobre la memoria, sobre el paso del tiempo y, por encima de todo, sobre la identidad, o mejor aún sobre su ausencia.

“Me acordé del texto que estaba intentando cuando conocía a Louki. Lo había llamado Las zonas neutras. Había en París zonas intermedias, tierras de nadie en donde estaba uno en las lindes de todo, en tránsito, o incluso en suspenso. Podía disfrutarse allí de cierta inmunidad. La glorieta de Cambronne y el barrio entre Ségur y Dupleix, todas esas calles que iban a dar a las pasarelas del metro elevado, pertenecían a una zona neutra, y si había conocido allí a Louki no había sido por casualidad”.

Las zonas neutras, un concepto fundamental en la novela, son quizás la identidad imposible de Louki y del narrador de los dos últimos capítulos, con quien vive una particular historia de amor. Zonas neutras como el sencillo hotel al que llegan una noche después de perder el último metro: “Deberíamos quedarnos siempre aquí”, le dice ella a él al oído. “Tenías razón, deberíamos habernos quedado siempre allí”, se dice él años después.

«Éramos nosotros dos quienes vivíamos en aquel piso de enfrente. Se nos había olvidado apagar la luz. Y habíamos perdido la llave. El perro de hacía un rato debía de estar esperándonos. Se había quedado dormido en nuestro cuarto y ahí se quedaría, esperándonos, hasta el final de los tiempos.»

Un libro lleno de melancolía. Un libro hermoso.

 

Anag_CAFE.ps

 

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