Contra la interpretación

…se aceptan propuestas, dijimos, y ya tenemos una: l’Abel Valenzuela ens proposa una resenya, mini-assaig, ens recomana amb molta contundència l’assaig de la Susan Sontag.

Ja, fa molt de temps que es va escriure, pero… que levanten la mano quienes lo hayan leído… 🙂

sontag

Hoy hablo de una colosa intelectual que, a mi juicio, no adquirió la notoriedad que se merece. Eso, o tendré que replantearme con qué compañías ando, porque pocos de mis coetáneos la han leído. Sea como fuere, aquí va mi recomendación de lectura.

Me refiero al ensayo “Contra la interpretación”, de la pensadora y escritora Susan Sontag.

En mi modesta opinión, se equivocaría quien pensara que Sontag redactó este impecable y cataclísmico mensaje como reacción a la corriente dominante (sí, hijos, sí: “mainstream” ya existía en español, y se dice corriente dominante) de los intelectuales de su época. Miren, dijo lo contrario de lo que todo el mundo decía en conversaciones cotidianas, pero es que también dijo lo contrario de lo que todo el mundo afirmaba en charlas de pensadores. Llevó la contraria, y con razón, así que como dirían Tip y Coll, hay que dársela.

Podríamos compararla a esos escritores despreciados antaño (e imagino que ahora también en según qué círculos puristas) por escribir “mera divulgación”. Bueno, no sería tan obvio lo que se divulgaba si alguien se tomó la molestia de escribirlo en un ensayo. O tal vez todos lo decían, pero encerrados en su torre de marfil, supusieron, erróneamente, que la mayoría de la gente sabía lo mismo o partía de la misma base. Por ejemplo, que sabían algo de Arte.

O, para el caso, de lectura. No en vano, al leer ficción solemos decir que cada uno “lee” (interpreta) un libro distinto. Muy cierto, por descontado. El caso es que la tesis que Sontag se encarga de derrumbar en su obra resta libertad a la lectura o interpretación de una obra imponiendo una, y sólo una, interpretación en concreto, privando al lector/espectador/vivenciador -o, más ampliamente, a cualquiera que reciba la influencia de una obra artística- de su aportación contextual a la misma. Pues oiga, viene a decir: ni tantos, ni tan calvos. Quizá un crítico artístico pueda entrar al detalle técnico y simbólico, pero una persona cultivada también puede hacer su propia elaboración activa de la obra. Y si no, que se lo digan a todos los autores cuyas obras fueron “malinterpretadas”. En algunas era intencional. En otras, accidental.

De ahí el título de este artículo: uno puede salir del cine diciendo que tal película es “una feroz crítica al capitalismo”, y sin embargo a otra persona le puede haber impresionado notoriamente el aspecto humano o las cualidades burlescas de la misma. Y no hay que ser un erudito ni un estudioso del Arte para saber que quien busca, encuentra, pero que también hay arte en el pulp (oigan el monólogo de David Carradine, cuando habla sobre Supermán en el Vol.II de Kill Bill), y basura en lo intelectualoide (oh, sí, qué profundidad Michael Moore, en tu documental ‘Sicko’. Claro, para el americanito medio que cree que ponerse malo es culpa suya -creencia muy extendida por el globo- pues sí, llega. Para un español que no sabe la suerte que tiene de tener un servicio sanitario universal…, pues hace falta un Évole que echarse a la cara, o sencillamente haber crecido en los 80 o antes para ver cómo todo se iba al garete; pues la crítica a que negocien con la salud como que ya se conocía hace 40 años sin documentales ni libros ni nada, así que perdóneme que no me sorprenda, está usted al nivel ensayístico de El Jefe Infiltrado, y no es ningún demérito: llega a gente que no lee, que ya es decir). Pero volvamos al tema.

Sería subestimar la inteligencia de la señora Susan Sontag afirmar que se cogió una rabieta y escribió un ensayo para llevar la contraria. Podría haber pasado, y sería una fabulosa trama novelesca, pero imagino a Sontag riéndose también de esa crítica, y escribiendo con valentía algo que ella pensaba simple, pero que al parecer nadie veía tan claramente como ella.

Su valor es, pues, doble: si bien en muchas épocas la teoría correcta flota en el aire sin ser concretada por su obviedad, a veces es necesario no sólo defenderla en las volátiles comunicaciones personales, no. Es necesario plasmarlo en la letra impresa para que algo simple, contado con precisión, brille como el más preciado diamante de la inteligencia.

Un ensayo para especialistas o eruditos habría pasado apercibido por los mismos, y habría caído en los mismos debates estériles de siempre, a los que de seguro, Sontag no era ajena. En cambio, un ensayo general, abierto, honesto, que no busca deslumbrar sino dejar las cosas claras, acabó siendo la mejor solución.

Con el permiso del respetable, el ensayo es tan lúcido y sus diagnósticos tan obvios (y me quedo muy corto), que léalo dos veces si no lo ha entendido a la primera, porque éste es uno de esos casos en que la mayoría no tenía razón (ni siquiera se acercaba), y el exceso de análisis en la dirección equivocada servía para dar de comer a cientos de bocazas académicas sin hacer avanzar su campo en lo más mínimo.

Aunque sólo fuera por la valentía de decir lo contrario de lo que todo el mundo decía, pensaba y escribía en su época, el ensayo tendría un valor más allá de todo contenido: por el momento en que se publicó, por el contexto rancio y anquilosado en que cayó, y porque (no me gusta destacar estas anécdotas, pero para que luego digan que no hay gigantes intelectuales femeninos) Susan Sontag era mujer. Para mí, esto también es un insulto, porque me importa un carajo quién lo escribiera. Lo que brilla en él es su inteligencia, y no su género.

Si no está preparado para romper sus prejuicios sobre “los de ciencias y los de letras”, quizá no debería leer dinamita intelectual como la que escribe Sontag.

No obstante, si se atreve, aquí va un anticipo de lo que se puede encontrar:

La destrucción demoledora que propone Sontag es la que todos los días hacemos sobre una obra de arte. Piense por un momento en la experiencia. Cuando vive usted una obra de arte (en caso de que le afecte, “le diga algo”, le conmueva o despierte su sensibilidad de cualquier manera), su experiencia será única y personal. Estaremos de acuerdo en que dicha experiencia puede ser similar a la de otros sujetos ante un mismo objeto que es la obra de arte. Pero también convendremos en que, al no ser matemáticas, jamás podrán ser idénticas (ni siquiera si usted vuelve a experimentar la misma obra pasado un tiempo).

Así pues, es intelectualmente inadmisible decir que una obra de arte es una crítica al capitalismo, o es una defensa de los valores familiares, o es cualquier otra cosa de su cosecha. Como mucho, podrá decir que usted ha interpretado, ha visto, ha creído que la intención del autor eraque es precisamente lo que Sontag destruye, recordémoslo “Contra la interpretación”. Hacer tal crítica, llevar tal mensaje o remover tal conciencia. Pero usted no es el autor. Puede aproximarse (y es un juego divertido) a sus intenciones, pero jamás descubrirlas o afirmarlas inequívocamente. Dada solamente la obra, atemporal, desprovista de su creador, usted no puede tener garantías absolutas de lo que quiso decir (o siquiera si quiso decir algo). Usted, de hecho, puede experimentar el arte al ver algo que ocurrió por accidente (una bolsa de plástico movida por el aire). Y todo ello, sin refutar el hecho de que habitualmente una obra de arte es artificial, en el sentido de que requiere un trabajo previo ajeno a la comunicación (hablaríamos aquí del arte como oficio, y no como experiencia sensible).

Es posible que en este punto usted ya coincida con la autora. En ese caso, enhorabuena, tiene usted el suficiente experiencia, sentido común y/o lucidez como para verlo, incluso puede que el mensaje le parezca de perogrullo. Si es así, probablemente quiera ahorrarse la lectura del libro que recomiendo y dejar de leer en este mismo momento. Total, éste es uno de ésos casos en los que sí puede leer el resumen y hablar sobre el libro… ¿o quizá no?

Puede que no sólo importe lo que dijo, sino cómo lo dijo.

Sin embargo, le recuerdo que no deberíamos pasar por alto lo siguiente: si se vio puesta a escribirlo es porque la gran mayoría de gente competente a su alrededor fue incapaz de romper ese prejuicio, o lo bastante tozuda para no darle la razón a Sontag, o incluso para dársela, pero no para creer que fuera importante poner algo básico por escrito. Y aquí está una de las claves de las que adolece todo trabajo intelectual superficial: va al detalle, y no a la raíz. Y créanme cuando les digo que hacer comprensible con sencillez algo complejo es atributo no sólo del genio (algo común), sino del esfuerzo, el oficio, y la dedicación.

El mensaje es simple, ¿verad? Pero por suerte o por desgracia va en contra del proceso más habitual al comentar obras de arte.

¡Si se quedara ahí solamente! Por el camino, Sontag ha destruido la dicotomía forma-contenido que todos los interesados (y muchos especialistas) del arte siguen utilizando, creyendo que es la correcta. Como de costumbre, también en este caso Sontag derruye los podridos cimientos del statu quo anterior, que asumían sin cuestionarla una forma de discurrir heredada, un copiar-y-pegar de élites intelectuales precedentes, que no hacía más que encorsetar a los pensadores del arte; y una vez despejados esos terrenos, esta autora edifica el nuevo laboratorio de análisis del arte, desprovisto de prejuicios esta vez, desnudo, sin accesorios, con entradas y salidas claramente indicadas que todos pueden seguir por sí mismos, como hemos hecho los alucinados lectores del texto que comento.

Tengo que agradecer, por añadidura, la relativa brevedad de una obra tan cargada de perlas comunicativas. Cualquier otro autor habría divagado durante cientos de páginas para transmitir su mensaje. Pero sin bajarse de la estratosfera mental, Susan Sontag consigue decir lo que quería decir sin la esterilidad clásica de esa filosofía de darle vueltas a un asunto sin llegar a ninguna parte. Más o menos la misma diferencia que hay entre empacharse el tostón de 800 páginas de “El ser y la nada”, del existencialista Jean-Paul Sartre, o las apenas 200 que ocupa su novela “La náusea”, la cual proporciona todas las pistas necesarias para entender esa corriente filosófica.

Si se me permite, mi granito de arena para tal obra magna consiste en decir que, elaborando un poco más allá, y poniendo en valor la tesis del libro “Contra la intrepretación”, éste no nos permite olvidar que un lienzo con pintura es un lienzo con pintura, y no “la decadencia de los valores medievales” o “el claro ejemplo de la hipocresía burguesa”, cabe indicar que otra forma de mirar el asunto sería poner la obra en su contexto.

Si alguno pensaba que negábamos tal forma de historia del arte, de crítica ilustrada o de lectura cultivada de “autor, obra, y contexto histórico-cultural”, vaya quitándoselo de la cabeza, pues es hacer trampas. Hablábamos aquí de la obra per se, y no de la obra teniendo más información, habiendo conocido al autor directa o indirectamente, etc.

Si duda de lo que digo, lea el libro recomendado en este artículo o compare su lectura del manuscrito de un amigo suyo que sea escritor… con la lectura el Quijote (siempre y cuando usted no hubiera leído jamás una obra de Cervantes). Verá que el experimento mental, por sí solo, ya le resulta esclarecedor.

Con suerte, habrá llegado usted al final de mi farragoso texto. Le ruego disculpas por mi torpe elogio de una obra tan destacada, y le emplazo de nuevo a la exploración de esa pequeña joya, tan injustamente ignorada.

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2 comentarios en “Contra la interpretación

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